Por qué esconder lo mal que estás no te acerca más a Dios
Has vuelto a poner la cara. Esa cara que sonríe a tiempo, que asiente en el momento justo, que dice 'todo va bien, gracias a Dios' con la voz firme aunque por dentro llevas semanas cayéndote a pedazos. Y en cuanto sales de ahí, en cuanto cierras la puerta del coche o llegas al rellano de tu casa, se te cae el gesto como se cae un abrigo mojado. Si esto te suena, no eres una hipócrita. Eres alguien que ha aprendido, sin que nadie te lo enseñara con esas palabras, que hay una versión de creyente que 'se permite' y otra que no.
Esa versión que no se permite es la que lleva grietas a la vista. La idea, nunca dicha en voz alta pero sí sentida en la piel, es que una 'buena creyente' no duda tanto, no llora tanto, no le pregunta tanto a Dios por qué sigue callado. Que mostrar el desmoronamiento sería como fallarle a Él delante de todos, o fallarle a la gente que te mira y necesita creer que la fe funciona. Así que disimulas. Y disimular, aunque parezca un gesto pequeño y educado, es un trabajo. Un trabajo que se suma al dolor de fondo, no que lo alivia.
Lo que ese mito te está costando de verdad
Aquí está el problema, y quiero decírtelo sin rodeos: ese disimulo no te acerca ni un centímetro a Dios. Lo que hace es aislarte justo en el momento en que más necesitarías tener a alguien cerca. Porque si nadie sabe que estás esperando algo desde hace tanto, si nadie sabe que te despiertas de madrugada dándole vueltas al mismo silencio, nadie puede sentarse contigo. Nadie puede decirte 'yo también' o simplemente quedarse callado a tu lado sin necesidad de arreglarte nada. Te quedas sosteniendo sola algo que estaba pensado para sostenerse acompañada.
Y hay algo más, algo que cuesta admitir: disimular no reduce el dolor, lo multiplica. Al dolor de la espera se le suma el esfuerzo de la actuación. Es cargar dos pesos con los brazos de uno.
Mostrar la grieta no es fallarle a Dios. Es dejar de estar tan sola con ella.
El esfuerzo que cansa sin acercar nada
Puede que hayas probado a compensar ese silencio con más. Más ayuno. Más rodillas en el suelo. Un pósit nuevo pegado en la cocina con una frase que se supone iba a sostenerte esa semana, y luego otro, y otro más, como si acumulando esfuerzo pudieras forzar una respuesta que no llega. Nada de eso está mal en sí mismo. El problema es cuando se convierte en una manera más de disimular, en un ir tapando la grieta con actividad para no tener que mirarla de frente. Al final del día terminas agotada, no más cerca de Dios, solo más cansada del intento.
Lo que de verdad ayuda no es ese esfuerzo silencioso y solitario. Es lo contrario: nombrar el silencio de frente. Decirlo, aunque sea a una sola persona, aunque sea solo en un papel que nadie más va a leer. 'Llevo tiempo esperando esto y ya no sé cómo sostenerlo.' Esa frase, dicha en voz alta o escrita a mano, pesa menos que la misma frase dando vueltas dentro de tu cabeza a las tres de la madrugada.
Un paso pequeño para hoy
No te estoy pidiendo que hoy mismo se lo cuentes a todo el mundo. Solo esto: elige un sitio, uno solo, donde por unos minutos dejes caer la cara que pones en la iglesia o con la gente. Puede ser una libreta. Puede ser una persona de confianza a la que le digas una frase sencilla, sin necesidad de explicarlo todo. Puede ser incluso quedarte en silencio delante de Dios, sin adornar nada, diciéndole lo que de verdad sientes en vez de lo que crees que 'toca' sentir.
- Escribe en una frase qué es lo que llevas disimulando.
- Elige a una sola persona, no a todas, para decir la verdad completa.
- Si un día solo puedes escribir y no rezar con palabras bonitas, también cuenta.
- Si notas que la grieta se ha vuelto un pozo del que no puedes salir, pide ayuda profesional: eso también es fe, no lo contrario.
La fe no se mide por lo bien que disimulas el dolor. Se mide, si acaso, por seguir ahí, con la cara caída y todo, sin salir corriendo de la conversación con Dios. Esa es la creyente real. La que no necesita fingir para seguir perteneciendo.