Las tres y diez de la madrugada. El mĂłvil en la mesilla marcaba esa hora casi todas las noches, como si me esperara. Yo miraba el techo y movĂa los labios sin voz, otra vez, pidiendo lo mismo que llevaba pidiendo tanto tiempo que ya me daba vergĂĽenza.
No os voy a decir por quĂ© rezaba. Todas tenemos nuestro «lo mismo». El mĂo llevaba años entrando por esa puerta a las tres de la mañana y saliĂ©ndose antes del amanecer, sin respuesta. Ni un sĂ. Ni un no. Nada. Al principio rezaba con palabras bonitas; al final solo repetĂa un nombre y me quedaba callada, esperando que algo se moviera dentro de aquel silencio. No se movĂa.
ProbĂ© de todo. Más iglesia, más ayuno, más rodillas en el suelo frĂo del pasillo. ComprĂ© libros con la palabra «victoria» en la portada. ApuntĂ© versĂculos en pĂłsits por toda la cocina, como si Dios necesitara que le refrescara la memoria.
Y lo paguĂ© sin darme cuenta. DejĂ© de dormir de verdad. EmpecĂ© a decir «bien» cuando me preguntaban, y a cambiar de tema tan rápido que hasta mis amigas dejaron de insistir. SonreĂa en el banco de siempre y por dentro pensaba una cosa que no me atrevĂa a decir en voz alta: que a lo mejor Dios se habĂa ido, o que la culpa era mĂa por no creer bastante.
SonreĂa en el banco de siempre y por dentro me preguntaba si Dios se habĂa olvidado de mĂ.
Esa era la mentira que me contaba: que si aguantaba un poco más, si lo hacĂa todo perfecto, el cielo dejarĂa de ser de hierro. Que la espera era un examen y yo lo estaba suspendiendo.
El fondo no fue una tragedia. Fue una tostada. Una mañana quemé el pan, se me disparó la alarma de humos, y me quedé de pie en la cocina con el trapo en la mano, sin fuerzas ni para abrir la ventana. Lloré por una tostada. Y supe que ya no lloraba por el pan.
El giro tampoco fue un milagro. Fue una señora de la parroquia, mayor, de esas que hablan poco. Me vio la cara y me dijo, sin drama: «Hija, esperar no es lo mismo que rendirse. Y no tienes que esperar sola.» Nada más. Se fue a por su bolso. Esa frase se me quedó dentro como una piedrecita en el zapato. Llevaba años confundiendo las dos cosas.
Al dĂa siguiente no recĂ© mejor. Solo empecĂ© a escribir. Un versĂculo por la mañana, corto, en castellano de toda la vida. Una lectura honesta, sin promesas de cuento. Una oraciĂłn para ese dĂa, no para toda la vida. Y unas preguntas, con su hueco en blanco, para dejar allĂ lo que no me cabĂa dentro.
A mano, siempre a mano. Uno cada vez. Hubo dĂas buenos y dĂas en que solo pude leer y respirar. RecaĂ más de una vez a las tres y diez; volvĂ a mirar el techo, volvĂ a la piedrecita: no estás sola, no tienes que arreglarlo hoy.
Poco a poco fui soltando los tiempos. DescubrĂ que en la sequĂa tambiĂ©n crecen raĂces, hacia abajo, donde no se ven. AprendĂ que su silencio no era su ausencia, y encontrĂ© una paz rara, pequeña, que por primera vez no dependĂa de que la respuesta llegara.
Su silencio no era su ausencia. Y hay una paz que no depende del resultado.
Lo que pedĂa sigue sin contestarse del todo. No os voy a mentir con un final feliz. Pero un dĂa me di cuenta de que habĂa otras mujeres en aquel banco sonriendo igual que yo, con el mismo «bien» en la boca y el mismo cielo de hierro encima. Y pensĂ© que ojalá alguien les dijera lo que a mĂ me dijeron. AsĂ que lo escribĂ. Treinta dĂas, uno cada vez, para la que ha rezado y rezado por lo mismo y ya no se atreve a pedirlo en voz alta. Para que no espere sola.
