Sonrío en la iglesia y por dentro siento que Dios no me escucha
Cantas el segundo estribillo con los ojos cerrados porque así nadie ve que no estás ahí del todo. Saludas al salir con un abrazo de verdad, preguntas por el hijo de fulana, sonríes cuando alguien dice 'qué bendición estar aquí'. Y por dentro, en un sitio que no enseñas a nadie, hay una pregunta que llevas semanas sin decir ni siquiera para ti misma: si Dios me escucha, ¿por qué no lo noto?
No pasa una vez. Pasa cada domingo, o cada vez que entras a ese grupo, a esa reunión, a ese momento donde se supone que tienes que sentir algo y en cambio sientes la boca sonriendo sola, como por costumbre, mientras el resto de ti espera en otra parte.
La doble vida que nadie ve
Le llamo doble vida porque eso es, aunque suene fuerte decirlo así. Por fuera está la persona que canta, que ora en voz alta cuando le toca, que dice amén en el momento justo. Por dentro está la que se pregunta si esas palabras llegan a algún sitio o si se quedan flotando en el techo de la sala, sin destinatario, como una carta que se manda a una dirección donde ya no vive nadie.
Y lo raro, lo que de verdad pesa, es que esto pasa justo en el lugar que debería ser el más seguro para decirlo. Ahí es donde más se supone que hay que estar bien. Ahí es donde menos espacio hay, muchas veces, para decir 'llevo tiempo sintiendo que Dios no me escucha' sin que alguien te mire con esa mezcla de lástima y sospecha, como si tu duda fuera contagiosa.
Así que aprendes a sonreír a tiempo. Y con los años se te da tan bien que hasta tú misma dejas de notar dónde termina la sonrisa y empieza tú.
Esto no te hace menos creyente
Quiero decirte esto despacio, porque sé que no es lo que esperas oír: sentir que Dios no te escucha, en medio del sitio donde todos parecen sentir lo contrario, no te hace una creyente débil ni una hipócrita. Te hace alguien que sigue ahí, en el banco, cantando, a pesar de la pregunta. Eso no es poco. Eso, si lo piensas bien, es más valiente que la fe que nunca dudó de nada.
La mayoría de la gente que parece tan segura en esa misma sala también se ha despertado alguna madrugada con la misma pregunta clavada. Solo que nadie lo cuenta ahí. Se cuenta, si se cuenta, en otro sitio, mucho más tarde, o nunca.
No es que a ti te falte algo que a los demás les sobra. Es que a ti te ha tocado sentir en voz baja lo que casi nadie se atreve a decir en voz alta.
Por qué el lugar de la fe puede ser el más solitario
Parece una contradicción y en realidad tiene su lógica. Cuanto más se supone que un espacio es de encuentro con Dios, más miedo da reconocer ahí mismo que ese encuentro, para ti, ahora mismo, no se siente como tal. Es como estar en una fiesta rodeada de gente y sentir la soledad más honda de tu vida: no es que falte compañía alrededor, es que falta un lugar donde lo de dentro pueda respirar sin disfraz.
Y cuando ese lugar no existe, uno improvisa. Sonríe un poco más fuerte. Canta un poco más alto. Se convierte, sin querer, en la persona que menos necesita ayuda de toda la sala, justo cuando es la que más la necesita.
Un solo lugar donde quitarte la máscara
No hace falta resolver esto delante de todo el grupo ni anunciarlo desde el altar. Hace falta, para empezar, un solo sitio. Uno. Puede ser una libreta que solo abres tú, un cuaderno feo con las esquinas dobladas donde nadie más mete la nariz. Puede ser una persona, una sola, a la que le digas la verdad completa sin editarla. Puede ser un momento del día, diez minutos antes de dormir, donde dejas de sonreír porque no hay nadie mirando.
Hoy, si puedes, elige uno de los tres. No los tres. Uno. Y en ese sitio escribe o di, sin adornarlo, la frase que llevas guardando: 'por dentro siento que no me escuchas'. No hace falta que sea bonita. No hace falta que rime con nada de lo que se dice en la reunión del domingo. Solo tiene que ser verdad.
- Una libreta que abras solo tú, sin que nadie más la lea.
- Una persona de confianza a la que contarle la versión completa, no la resumida.
- Un momento fijo del día donde no hace falta sonreír para nadie.
No hace falta fingir para seguir perteneciendo
Aquí va la parte que más me costó aprender: puedes dudar y seguir yendo. Puedes sentir que Dios calla y seguir cantando el segundo estribillo, aunque esta vez lo cantes con los ojos abiertos y la verdad puesta encima, en vez de escondida debajo. La duda no te saca de la fe. Te saca, como mucho, de la actuación de la fe, que es distinto y, sospecho, mucho más sano.
Nadie te va a quitar el sitio en el banco por reconocer que hay noches en que no sientes nada. Y si alguien lo intentara, ese no sería el lugar donde te tocaba estar sostenida de todas formas.
Esperar no es lo mismo que rendirse. Y sostener esa espera no tiene por qué hacerse con la sonrisa puesta todo el tiempo. A veces basta con un cuaderno, diez minutos, y la valentía pequeña de escribir lo que de verdad sientes, un día cada vez.