Vuelvo a casa agotada y con una rabia que no sé de dónde sale
Metes la llave en la puerta y ya vienes con ese nudo. No ha pasado nada grave hoy, nadie te ha gritado, no ha habido ninguna catástrofe. Y aun así llegas cansada de un modo que no es solo físico, y con una rabia rondándote por dentro que no sabrías explicar si alguien te preguntara "¿qué te pasa?".
Igual hasta lo has dicho en voz alta, mientras dejabas las llaves en la mesa: "no sé qué me pasa hoy". Y es verdad que no lo sabes del todo. Pero tu cuerpo sí lo sabe.
La rabia que no tiene un motivo del día
Buscas un motivo y no lo encuentras. Repasas el día: la reunión, la compra, la llamada de tu madre, la tarea que te han pedido a última hora. Nada de eso, por separado, parece suficiente para justificar esta rabia sorda que arrastras hasta el sofá. Y como no encuentras el motivo, empiezas a pensar que exageras, que estás siendo dramática, que a lo mejor es solo cansancio y ya está.
No es que exageres. Es que estás buscando un motivo grande, un solo culpable, cuando en realidad lo que tienes encima son varios síes pequeños, de esos que ni siquiera cuentan como una decisión: el favor que aceptaste sin que te lo pidieran del todo, la tarea que asumiste porque nadie más lo hacía, el "no pasa nada" que dijiste cuando sí pasaba algo. Ninguno pesa mucho por separado. Juntos, al final del día, pesan lo suficiente como para llegar a casa con esa rabia sin nombre.
El cuerpo cobra lo que la boca no dijo
Hay algo que a mí me costó mucho entender, y es que el cuerpo lleva cuentas aunque tú no las lleves. Cada vez que tragas un no que no dijiste, cada vez que sonríes cuando por dentro estás apretando los dientes, ese gesto no desaparece sin más. Se queda guardado en algún sitio, y al final del día pasa factura, aunque no sepas leer el recibo.
Por eso la rabia llega difusa, sin un nombre y apellido claro. No es rabia contra tu compañera de trabajo, ni contra tu pareja, ni contra nadie en concreto, aunque a veces la pague quien tengas más cerca cuando llegas a casa. Es rabia contra la suma de los síes del día, contra todas esas veces en que dijiste "vale" cuando el cuerpo ya estaba diciendo que no.
Eso no te convierte en una persona injusta ni en alguien que la paga con quien no tiene culpa. Te convierte en alguien que lleva demasiado tiempo callando cosas pequeñas. Y eso, aunque incómodo, tiene arreglo, poco a poco.
Un paso pequeño al llegar a casa
No te pido que hoy soluciones el reparto de tareas de tu vida entera, ni que mañana te enfrentes a nadie. Te pido algo mucho más pequeño y más tuyo: al llegar a casa, antes de hacer cualquier otra cosa, escribe una sola frase.
Solo una cosa a la que hoy dijiste que sí sin querer decir que sí. Puede ser tan simple como "he dicho que sí a quedarme media hora más sin que me lo pidieran de verdad" o "he dicho que no pasaba nada cuando sí pasaba". No hace falta que hagas nada con esa frase todavía. Solo escribirla, a mano si puedes, ya empieza a darle nombre a lo que antes solo era una rabia sin dueño.
Nombrar un solo sí del día no arregla nada de golpe, pero le pone nombre a una rabia que hasta ahora no lo tenía.
Sentir rabia no te hace mala persona
Quiero que te quede clara una cosa, porque a mí me costó años de darle vueltas: sentir esta rabia no te convierte en alguien exagerado, ni desagradecido, ni difícil de llevar. Te convierte en alguien con un cuerpo que todavía sabe distinguir cuándo algo no está bien, aunque la boca lleve tiempo sin decirlo.
Hay quien ya ni siquiera siente esa rabia, porque la ha apagado de tanto ignorarla. Que tú la sigas sintiendo es, en el fondo, una buena señal, por raro que suene ahora mismo mientras te frotas la cara en el sofá.
Ve nombrando estos síes pequeños, uno cada noche, sin exigirte cambiar nada todavía. Y si notas que esa rabia se vuelve más grande de lo que puedes sostener sola, o dura mucho más que un rato, no dudes en hablarlo con alguien que pueda acompañarte de cerca. No todo se resuelve con un cuaderno y una frase al llegar a casa, y está bien pedir más ayuda cuando hace falta.