UN RETO DE 30 DÍAS

¿Dices que sí antes de que terminen de pedírtelo? ¿Cargas con todo para que nadie se enfade, y por dentro vas agotada y con un resentimiento que ni te atreves a nombrar?

Para la que dice "sí" antes de pensarlo y vuelve a casa agotada y resentida.

Te cuento cómo dejé de decir que sí a todo.

Un domingo por la noche, sentada en la cocina a oscuras, me puse a hacer cuentas. No de dinero. De lo que había dado esa semana y de lo que me había vuelto. Salían las cuentas fatal.

Había llevado a la vecina al médico. Había hecho el turno de una compañera que "tenía una cosa". Había cocinado de más para mi madre, que ni lo pidió pero yo se lo llevé igual. Había contestado a las once de la noche un audio de una amiga que solo me escribe cuando el mundo se le cae encima. Y de mí, esa semana, no quedaba nada. Ni un rato. Ni un no.

Lo raro es que por fuera yo parecía una buena persona. La que siempre puede. Se me daba tan bien que nadie, ni yo, notaba lo vacía que iba por dentro.

Al principio pensé que el problema era organizarme mejor. Compré una agenda bonita. Hice listas. Me prometí bloques de tiempo para mí, en rotulador, como si el rotulador me fuera a defender de nadie. No servía de nada, porque el sí me salía antes de pensar. Alguien empezaba a pedirme algo y yo ya estaba diciendo "claro, cuenta conmigo", sin haber mirado siquiera si podía. Y luego, en casa, ensayaba en la ducha la frase para decir que no la próxima vez. Nunca llegaba la próxima vez. Siempre salía otro sí.

El sí me salía antes de pensar. Antes incluso de terminar de escuchar la pregunta.

El cuerpo empezó a mandarme facturas. Dormía mal. Se me cerraba la mandíbula. Me dolía la espalda de cargar con cosas que ni eran mías. Y por dentro crecía un resentimiento raro, sordo, que no me atrevía ni a nombrar, porque nombrarlo era admitir que estaba enfadada con gente a la que quería. Así que me lo tragaba y sonreía. Y ponía otra lavadora.

El fondo no fue un drama. Fue una tarde tonta. Mi hija pequeña me pidió que le leyera un cuento y yo le dije "ahora no puedo, cariño, tengo que hacerle un recado a la abuela". Ella me miró y dijo, sin rabia, con toda la calma del mundo: "tú nunca puedes". Y volvió a su cuarto. Me quedé de pie en el pasillo, con el móvil en la mano y el recado a medias, sabiendo que era verdad. Podía para todos menos para la única persona que ni siquiera me lo cobraba.

El giro no fue una revelación. Fue una frase de una amiga, la única a la que me atreví a contárselo. Le dije que no sabía decir que no, que me daba miedo que la gente se enfadara. Y ella, sin dramatizar, me contestó: "¿Y no te da miedo estar enfadada tú todo el rato?". Me quedé sin respuesta. No lo había mirado nunca por ahí.

Empecé pequeñísimo, porque no me salía otra cosa. La primera vez que dije que no fue una tontería: una encuesta por teléfono. Colgué y me temblaban las manos como si hubiera hecho algo terrible. Pero no se hundió el mundo. Nadie me dejó de querer. Y esa noche dormí un poco mejor.

Aprendí a decir que no sin el párrafo entero de excusas detrás. Un "no puedo" a secas, sin justificarme, sin pedir perdón por existir. Aprendí a esperar tres segundos antes de contestar, esos tres segundos en los que antes ya había dicho que sí. Y aprendí que la culpa venía después, siempre, puntual, y que se podía sostener sin salir corriendo a arreglarlo.

Colgué y me temblaban las manos. Pero no se hundió el mundo. Nadie me dejó de querer.

No fue en línea recta. Con mi madre recaía cada dos por tres; ella sabe qué tecla tocar y yo volvía al sí de siempre. Con el compañero que me endosaba lo suyo tardé meses. Todavía hoy hay días en que digo que sí queriendo decir que no. La diferencia es que ahora me pillo antes. A veces el mismo día, no diez años después. Y eso, para mí, lo cambió todo.

Un día, casi sin darme cuenta, escribí en un cuaderno lo que iba aprendiendo. Un límite cada vez. Lo que me funcionaba y lo que no. La frase que sí sabía sostener. Lo escribí a mano, despacio, para las noches en que se me olvidaba quién quería ser. Y pensé en todas las que están donde yo estaba: haciendo cuentas a oscuras un domingo. Por ellas lo pasé a limpio.

¿Te suena?

Dices "cuenta conmigo" antes de mirar tu agenda, y luego no sabes ni cómo vas a poder.
Ensayas la frase para decir que no en la ducha, y al final sale un sí.
Te ofreces tú antes de que nadie te lo pida, para que no lo tenga que pedir nadie.
Llegas al domingo por la noche haciendo cuentas de todo lo que diste y nadie te devolvió.
17 €El arte de decir que no
EL CUADERNO

Por eso escribí este cuaderno

Es lo que a mí me habría servido aquellos domingos a oscuras: treinta días, un límite cada vez, para aprender a decir que no sin un párrafo de excusas y sin salir corriendo a arreglarlo. No es una fórmula mágica. Es lo que hice yo, recaídas incluidas, para dejar de volver a casa agotada y resentida.

  • 30 días, uno cada vez, sin agobios.
  • Un paso realista al día y sitio para escribir a mano.
  • Escrito por alguien que lo ha vivido, no un manual frío.
Pago seguroDescarga inmediataCuaderno para rellenarGarantía de 30 días

Lo que te llevas

Todo lo que incluye tu cuaderno de 30 días

30 días, uno cada vez. Una lectura corta y honesta, un paso de hoy (una micro-acción realista) y preguntas con sitio para escribir a mano.

Cuatro semanas con un camino: ver el problema (de dónde te viene el "sí" automático); el No amable (decir que no sin un párrafo de excusas); los límites en la vida real (la madre que chantajea, el compañero que te endosa lo suyo, el móvil que no calla); y vivir con límites (la culpa que viene después, las relaciones que cambian).

Tu pacto de límites, una página para completar y firmar.

Nada de positividad tóxica. Aquí no vas a "curarte" en 30 días. Vas a aprender a pillarte antes. Yo todavía recaigo, y lo cuento.

Honesto con lo serio. Los días 20 y 27 miran de frente cuándo la dificultad para decir que no viene de algo más hondo y conviene pedir ayuda.

Cómo funcionan los 30 días

Semana 1

Ver dónde estás

Semana 2

Soltar lo que no puedes

Semana 3

Volver a ti

Semana 4

Tu vida, de nuevo

Quién lo escribe

S

Por Susana Roldán

Me pasé media vida siendo la que nunca falla. Aprendí a decir que no a fuerza de decir que sí demasiadas veces y quedarme sin nada para mí. Esto no es una fórmula mágica: es lo que a mí me sirvió, contado tal cual, recaídas incluidas.

Lo que dicen quienes lo han hecho

“Por fin dejé de sentirme sola con esto.”

— lector/a

“El primer material que no me juzga.”

— lector/a

“Corto cada día, pero me cambió el mes.”

— lector/a

Sin riesgo para ti

Si en 30 días sientes que no era para ti, te devuelvo el importe. Sin preguntas.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Preguntas frecuentes

¿Esto es terapia?
No. Es un cuaderno de acompañamiento, escrito desde lo vivido, no un tratamiento. Si notas que decir que no te cuesta muchísimo, o que detrás hay algo más hondo (ansiedad, una relación que te hace daño), el propio libro te lo dice claro en los días 20 y 27 y te anima a buscar ayuda profesional.
Soy incapaz de decir que no ni a un desconocido. ¿Esto es para mí?
Sí, es justo para eso. No empieza pidiéndote que digas no a lo más difícil. Empieza por ver de dónde te viene el sí automático, y solo después vas, poco a poco, a los límites de verdad: tu madre, tu jefe, la amiga que solo llama en crisis.
¿Y si lo empiezo y me da vergüenza escribir mis cosas ahí?
Es tuyo, para ti sola. Nadie más lo va a leer. Y no hace falta que lo llenes entero ni en orden: hay quien va a su ritmo y se salta días. La única condición es que sea sincero, aunque sea solo contigo misma.
Ya lo he intentado antes y siempre vuelvo a decir que sí. ¿Qué tiene esto de diferente?
Que no promete curarte en 30 días, y te lo dice desde la portada. Vas a seguir recayendo, la autora también recae. Lo que cambia es que vas a pillarte antes, y vas a tener un pacto de límites escrito, con tu letra, para releer el día que se te olvide.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la que dice "sí" antes de pensarlo y vuelve a casa agotada y resentida.

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Este material es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional.