Bienestar

Tengo miedo de perder la cabeza y volverme loca: qué es esto de verdad

Estás en medio de algo normal, poniendo la lavadora, conduciendo, hablando con tu madre por teléfono, y de repente te viene el pensamiento como un mazazo: ¿y si me estoy volviendo loca? No es un pensamiento suave, es un pensamiento que te agarra del cuello. Y lo peor no es tenerlo una vez. Lo peor es que vuelve, y cada vez que vuelve trae más miedo que la anterior.

De todo lo que cuento en este blog, este es el miedo del que menos se habla. Del corazón acelerado se habla algo, aunque sea en la sala de espera de urgencias. Pero esto de temer perder la cabeza casi nadie lo dice en voz alta. Se queda dentro, dando vueltas, porque decirlo en voz alta parece confirmar que es verdad. Yo tardé meses en contárselo a alguien. Y cuando lo hice, lo primero que sentí no fue alivio, fue vergüenza. Como si al ponerlo en palabras se volviera más real.

Por qué el miedo a la propia cabeza es parte del mismo paquete

Cuando el cuerpo lleva tiempo en alarma, no se conforma con acelerar el corazón o cerrar la garganta. También mete mano en cómo piensas. La mente, cuando está en modo alerta, empieza a buscar peligros por todas partes, y si no encuentra ninguno fuera, los busca dentro. Y ahí aparece el pensamiento más aterrador que puede aparecer, porque no habla de un peligro externo, habla de ti misma dejando de ser tú.

Eso no es una señal de que la cabeza esté fallando de verdad. Es una señal de que el sistema de alarma está tan encendido que ya no distingue bien qué merece miedo y qué no, y decide que hasta tus propios pensamientos son sospechosos. Es agotador, y es real lo que sientes, pero no es lo que temes que sea.

Hay una cosa curiosa en todo esto: el miedo a volverse loca casi nunca lo tiene alguien que de verdad está atravesando algo así. Es un miedo que aparece precisamente en quien está muy pendiente de sí misma, muy alerta, muy consciente de cada cambio. Esa vigilancia extrema es agotadora, pero también es la prueba de que sigues estando muy presente, muy tú.

La diferencia, dicha sin tecnicismos

No hace falta un manual para distinguir esto. La ansiedad te hace temer perder el control. Otra cosa, mucho menos frecuente, sería perder el contacto con lo que es real sin darte ni cuenta de que lo has perdido, sin ese miedo agudo avisándote. El simple hecho de que te aterre y de que estés tan alerta a cada detalle ya te dice mucho: quien teme tanto perder pie sigue teniendo los pies muy puestos en el suelo.

El miedo a perder la cabeza no es la cabeza fallando. Es el cuerpo tan cansado de tener miedo que empieza a desconfiar hasta de sus propios pensamientos.

Dicho esto, y aunque casi siempre esto que sientes tiene esta explicación tranquilizadora, hay un límite que hay que nombrar sin dramatismo: si en algún momento sientes que puedes hacerte daño a ti misma o a alguien, o el miedo se vuelve tan grande que no puedes sostenerlo sola, ese es el momento de pedir ayuda profesional o acudir a urgencias. No por fallar, sino porque para eso están.

Un paso de hoy: sacarlo de la cabeza y ponerlo en el papel

Cuando el pensamiento da vueltas solo dentro de ti, crece. Le pasa lo mismo que a un rumor: cuanto más se queda callado dentro, más grande y más oscuro se vuelve. Por eso el paso de hoy no es intentar convencerte de que no va a pasar, ni discutir mentalmente con el miedo. Es coger un papel y escribir, a mano, exactamente lo que has pensado. Sin corregirlo, sin suavizarlo.

Escribe la frase tal cual te vino: 'tengo miedo de estar perdiendo la cabeza'. Y ya está, no hace falta nada más elaborado hoy. Solo sacarlo fuera. Vas a notar algo raro y a la vez aliviador: en el papel, esa frase pesa menos que dando vueltas dentro. Sigue estando ahí, pero ya no te tiene agarrada del cuello de la misma manera.

  • Escribe el pensamiento exacto, sin adornarlo ni corregirlo.
  • No intentes responderte ni convencerte de nada todavía, solo nombrarlo.
  • Si vuelve a aparecer más tarde, puedes escribirlo de nuevo, cuantas veces haga falta.
  • Guarda el papel; no hace falta releerlo, el gesto de escribirlo ya hace parte del trabajo.

Con el tiempo, este gesto tan sencillo se convierte en una costumbre que baja el volumen general del miedo, no solo el de ese día. Yo sigo haciéndolo cuando el pensamiento vuelve, y sigue funcionando igual de bien que la primera vez, aunque ya sepa de sobra que no me estoy volviendo loca.

Ponerle nombre es el principio de dejar de temerlo

No te voy a decir que este pensamiento no vuelva a aparecer. A mí me ha vuelto, incluso después de entender todo esto, incluso después de meses de estar mejor. La diferencia no es que desaparezca del todo, es que cuando vuelve ya lo reconoces, y reconocerlo le quita gran parte de su poder. Ya no es un monstruo sin nombre, es un viejo conocido: el miedo cansado de mi cuerpo, otra vez de visita.

Si hoy te ha venido este pensamiento y por eso has llegado hasta aquí, quiero que sepas una cosa antes de irte: no estás perdiendo la cabeza. Estás muy cansada de tener miedo, y tu cuerpo lo está expresando de la forma más aterradora que conoce. Eso tiene explicación, y no la tienes que entender toda de golpe. Solo el paso de hoy: escribirlo, y dejar que pese un poco menos.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

No estás rota. Estás agotada de tener miedo. Y esto tiene nombre, y tiene salida.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «El check-in de 10 minutos para volver a ti»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.