UN RETO DE 30 DÍAS

De pronto el corazón se te dispara sin motivo, te falta el aire, y una parte de ti piensa que te estás muriendo o que vas a perder la cabeza delante de todos. Luego pasa, y te quedas agotada, avergonzada, esperando la próxima vez. Y a nadie se lo cuentas, porque, ¿cómo se explica esto sin que te miren raro?

Para la que vive en alerta, se asusta de sus propias sensaciones y ha llegado a creer, de verdad, que se está volviendo loca.

Te cuento cómo llegué hasta aquí, y cómo se sale.

La primera vez fue en la cola del supermercado, un martes, sobre las siete de la tarde. Nada especial. Y de pronto el corazón se me disparó como si fuera a salírseme por la boca, me faltó el aire y pensé, con una certeza fría y total, que me estaba muriendo allí mismo, entre la caja y el expositor de chicles.

Dejé la compra en el suelo y salí a la calle casi corriendo. Fuera se me pasó un poco. Pero ya no se me pasó del todo nunca, porque desde ese martes empecé a esperar el siguiente. Y a nadie se lo conté. ¿Cómo lo cuentas? «Creo que me voy a morir en el súper, pero el médico dice que estoy sana.» Así que sonreía, decía «estoy bien» y por dentro todo temblaba.

Fui al médico, claro. Dos veces a urgencias. Un electro, unos análisis, una palmadita: «No tiene usted nada, mujer.» Y yo salía de allí más asustada todavía, porque si no tenía nada, entonces lo que fallaba era mi cabeza. Y eso me daba más miedo que el corazón.

Si no tenía nada, entonces lo que fallaba era mi cabeza. Y eso me daba más miedo que el corazón.

Empecé a esquivar. El súper grande, no; el pequeño de la esquina. La autopista, no; carreteras secundarias por si tenía que parar. Dejé de quedar. Ponía excusas hasta que las amigas dejaron de llamar, y entonces me dolió que no llamaran, aunque había sido yo la que había cerrado la puerta.

El cuerpo iba pasando factura. Dormía a ratos, con el móvil en la mesilla por si acaso, vigilándome el pulso a las cuatro de la madrugada. Me pasaba el día en guardia, esperando el próximo susto que no avisa. Agotada de tener miedo. Esa es la palabra: agotada.

El fondo no fue un drama. Fue una tontería. Una tarde mi hija de seis años me tiró de la manga para que la llevara al parque de siempre, el de la esquina, el de toda la vida. Y yo me quedé mirando la puerta de casa sin poder cruzarla. Por un parque a cien metros.

Le dije que mamá estaba cansada. Ella se encogió de hombros y se fue a ver la tele. Y yo me senté en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, pensando: hasta aquí. Esto ya no es un susto. Esto me está quitando la vida trozo a trozo.

Esto ya no es un susto. Esto me está quitando la vida trozo a trozo.

El giro tampoco fue un milagro. Fue una frase. Una noche, buscando a las tantas «me late el corazón muy fuerte y no puedo respirar», leí a una desconocida que contaba lo mismo que yo, con mis palabras, y al final decía: «No estás loca. Estás agotada. Y esto tiene nombre.» Lloré. No de pena. De alivio de saber que no era la única del mundo.

A partir de ahí empecé a entender qué me pasaba de verdad. Que aquello tenía un nombre, y que no era el fin del mundo, sino un cuerpo agotado pidiendo que lo escuchara. Ponerle nombre no lo curó. Pero le quitó la mayúscula al miedo.

Y me reconstruí despacio. Un día cada vez. Aprendí a calmar el cuerpo cuando se disparaba, en vez de pelearme con él. A perderle el miedo poco a poco a los pensamientos que me asustaban, a mirarlos sin salir corriendo. Hoy el parque, mañana el súper pequeño, un martes el grande. Con recaídas, muchas. Volví a temblar en una boda. Pero ya sabía que pasaba, y que yo seguía ahí después.

Lo iba escribiendo a mano, en un cuaderno, un paso pequeño al día. No porque nadie me lo mandara, sino porque sacar el miedo de la cabeza y ponerlo en el papel le bajaba el volumen. Escribir era volver a fiarme de mí, un renglón cada vez.

Tardé años en llegar hasta aquí, dando tumbos, sola, creyéndome lo peor. Y lo que más rabia me da es pensar en toda la gente que ahora mismo está en la cola del súper aguantando la respiración, sonriendo por fuera, convencida de que se vuelve loca y sin nadie que le diga que no. Por eso me senté a ordenar lo que a mí me fue sirviendo, para dejárselo a la que está justo donde yo estuve.

¿Te suena?

El corazón se te acelera y piensas: me está pasando algo grave.
Vives en guardia, esperando el próximo susto que no avisa.
Te asusta tu propia cabeza: y si me vuelvo loca de verdad.
Sonríes por fuera mientras por dentro todo tiembla.
17 €Creía que me volvía loca
EL CUADERNO

Por eso escribí este cuaderno

Es lo que a mí me habría ahorrado años de miedo: 30 días, un paso pequeño cada uno, para entender qué te pasa, calmar el cuerpo y volver a fiarte de ti. No es una consulta; es una mano al lado de la que cree, como creí yo, que se está volviendo loca.

  • 30 días, uno cada vez, sin agobios.
  • Un paso realista al día y sitio para escribir a mano.
  • Escrito por alguien que lo ha vivido, no un manual frío.
Pago seguroDescarga inmediataCuaderno para rellenarGarantía de 30 días

Lo que te llevas

Todo lo que incluye tu cuaderno de 30 días

Entender qué te pasa de verdad (y por qué no estás loca).

Calmar el cuerpo cuando la ansiedad se dispara.

Perderle el miedo a los pensamientos que te asustan.

Volver a fiarte de ti, un día cada vez.

Cómo funcionan los 30 días

Semana 1

Ver dónde estás

Semana 2

Soltar lo que no puedes

Semana 3

Volver a ti

Semana 4

Tu vida, de nuevo

Quién lo escribe

R

Por Rosa Mena

Yo también creí que me volvía loca. Tardé años en descubrir que aquello tenía nombre, y que no era el fin del mundo, sino un cuerpo agotado pidiendo que lo escuchara. Escribo desde ahí, no desde una consulta.

Lo que dicen quienes lo han hecho

“Por fin dejé de sentirme sola con esto.”

— lector/a

“El primer material que no me juzga.”

— lector/a

“Corto cada día, pero me cambió el mes.”

— lector/a

Sin riesgo para ti

Si en 30 días sientes que no era para ti, te devuelvo el importe. Sin preguntas.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Preguntas frecuentes

¿Esto es terapia?
No. Es el relato honesto de alguien que pasó por lo mismo y encontró la salida, con un paso pequeño cada día. Acompaña, pero no sustituye a un profesional. Si lo tuyo es fuerte, pide ayuda: esto puede caminar a tu lado mientras tanto.
¿Me vais a decir que respire hondo y ya?
No. Nada de frases vacías ni de positividad de escaparate. Vas a entender qué le pasa a tu cuerpo cuando se dispara, a perderle el miedo poco a poco y a fiarte otra vez de ti. Sin prisa y sin sermones.
¿Y si no tengo tiempo ni cabeza para un libro largo?
Por eso es un día cada vez. Diez minutos: una lectura corta, un paso pequeño de hoy y un hueco para escribir a mano. Nada de deberes imposibles cuando ya vas raspando el fondo.
¿De verdad no estoy loca?
No lo estás. Lo que sientes es real, tiene una explicación y le pasa a muchísima gente que también lo calla. Ponerle nombre es el principio de dejar de temerlo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

No estás rota. Estás agotada de tener miedo. Y esto tiene nombre, y tiene salida.

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Este material es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional.