Bienestar

¿Por qué siento que cuidarme a mí es un poco egoísta?

Son las diez de la noche y por fin te sientas. Un minuto, nada más. Y ahí, en ese silencio raro que casi no reconoces, aparece el pensamiento de siempre: podrías estar aprovechando esto para adelantar algo. Doblar la ropa. Revisar si mañana hay que renovar alguna receta. Mirar el móvil por si ha escrito el médico.

Y detrás de ese pensamiento, uno más pequeño y más terco: si a él le pasa lo que le pasa, ¿qué derecho tengo yo a estar pensando en mí ahora mismo. Esa pregunta te la haces tanto que ya casi no la notas. Se ha vuelto de fondo, como el zumbido de la nevera. Pero está ahí, sosteniendo cada decisión pequeña del día: si te sientas o sigues de pie, si contestas ese mensaje de una amiga o lo dejas para luego, si te permites diez minutos de algo que no sea para nadie más que para ti.

La pregunta que casi nadie dice en voz alta

Si la persona que cuido me necesita, ¿no es un poco egoísta que yo me pare a pensar en mí. La hago yo también, todavía, algunos días. Y entiendo perfectamente de dónde sale. No es maldad ni es debilidad, es una cuenta que hacemos casi sin querer: el tiempo y la energía son limitados, y si los gasto en mí, algo le va a faltar a la persona que cuido. Parece lógica de manual. Parece hasta responsable.

Pero la cuenta está mal planteada desde el principio.

Nadie sostiene a otro desde el vacío

Lo que he ido aprendiendo, a base de repetirlo mal muchas veces, es que cuidarte no le resta cuidado a la otra persona. Lo sostiene.

Piénsalo con algo tan tonto como el pastillero de los siete días. Si tú no duermes, no comes bien, no paras nunca, en algún momento vas a equivocarte de casilla, o vas a olvidar la cita del especialista, o vas a contestarle mal a la persona que menos culpa tiene de que estés agotada. No porque seas mala cuidadora. Porque eres una persona, y las personas que no descansan fallan, tarde o temprano, en lo que más les importa. Cuidarte no compite con cuidar a quien quieres. Es lo que hace que puedas seguir haciéndolo mañana, y pasado, y dentro de tres meses, sin llegar reventada.

No cuidas mejor por desaparecer más. Cuidas mejor por seguir siendo tú, aunque sea a ratos pequeños.

De dónde viene esa idea de que pensar en ti es de más

Esto casi nunca nace en la habitación donde cuidas. Nace mucho antes. A muchas nos enseñaron, sin que nadie lo dijera con esas palabras, un cierto orden de prioridades: primero los demás, luego, si sobra algo, tú. La niña buena era la que no daba guerra, la que cedía su trozo más grande, la que preguntaba primero qué necesitaban los otros. Esa niña creció y ahora cuida, y sigue aplicando la misma regla sin cuestionarla: yo, al final de la lista, si es que llego.

  • El mandato de 'la que aguanta' sin quejarse ni pedir nada a cambio
  • La idea de que necesitar algo para ti es una forma de debilidad
  • La costumbre de medir tu valor por cuánto das, no por cómo estás

No es que hayas decidido un día ponerte la última. Es que llevas toda la vida entrenando ese reflejo, y ahora, con alguien que de verdad te necesita delante, ese reflejo se dispara con más fuerza que nunca.

Cuidarte no es dejar de cuidar

Aquí es donde quiero que te quedes un momento, porque esta idea cambia bastante las cosas cuando por fin se asienta: cuidarte no es una alternativa a cuidar a la otra persona. Es aprender a hacerlo sin que tú desaparezcas por el camino.

Puedes seguir llevando las pastillas a su hora, seguir yendo a las citas, seguir estando ahí en lo importante, y al mismo tiempo permitirte diez minutos de un café que te tomas sentada, sin hacer nada más a la vez. Las dos cosas caben. No son enemigas, aunque la culpa se empeñe en hacértelo creer. Y si notas que el cansancio ya no es solo cansancio, que se ha vuelto una tristeza que no se va o que te cuesta hasta levantarte por la mañana, ese es el momento de contárselo a un profesional, no de aguantar un poco más para demostrarte algo.

Un gesto pequeño para esta semana

No te pido que cambies tu vida entera ni que te tomes una tarde libre que hoy no tienes. Te pido una cosa mucho más pequeña: elige un solo gesto, de los que ya casi no te permites, y hazlo esta semana sin llenarlo de tareas al lado. Puede ser terminarte un café sentada. Puede ser diez minutos con una música que te gusta a ti, no de fondo mientras haces otra cosa. Puede ser, simplemente, no contestar 'estoy bien' la próxima vez que alguien te pregunte de verdad.

No hace falta que la culpa desaparezca para que lo hagas. Solo hace falta que la dejes ahí, sentada al lado, mientras tú te permites ese ratito de todas formas.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Cuidar bien también es cuidarte a ti.

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