Mente

No puedo elegir ni el color de una pintura sin darle mil vueltas

Llevas cuarenta minutos delante de la estantería de pinturas. Has hecho fotos a seis muestras distintas, las has comparado en el móvil con la luz del pasillo, le has preguntado a alguien por videollamada qué le parece «el segundo, no, el de más a la derecha», y sigues sin saber cuál llevarte. Al final sales de la tienda con las manos vacías, agotada, como si hubieras cargado cajas toda la tarde. Y lo único que has hecho es mirar colores.

Si esto te suena, ya sabes de lo que hablo. No es solo la pintura. Es el mantel, el regalo de cumpleaños, la fecha para la cita del médico, el asunto del correo que llevas escribiendo y borrando desde hace diez minutos. Cualquier decisión pequeña se convierte en una obra de ingeniería.

No es la pintura

Aquí va lo primero que quiero que te lleves, y quiero decírtelo sin rodeos: no te pasa esto porque seas indecisa, ni porque «no sepas lo que quieres», que es la frase que probablemente te han dicho alguna vez y que probablemente te ha dolido. Te pasa porque, en algún punto, decidir se volvió sinónimo de arriesgarte a equivocarte, y equivocarte se volvió sinónimo de algo demasiado grande para permitírtelo.

Fíjate en la trampa: la cabeza no te dice «tengo miedo a fallar». Te dice «es que no sé cuál me gusta más». Y tú la crees, porque suena razonable, suena a estar siendo cuidadosa. Pero si de verdad fuera solo gusto, habrías elegido en dos minutos. El problema no es el color. El problema es todo lo que tu cabeza ha colgado detrás de ese color: si me equivoco quedará fatal, si me equivoco habré tirado el dinero, si me equivoco alguien lo notará y pensará que no tengo criterio.

Eso no es indecisión. Es miedo a equivocarte, vestido con la ropa de la indecisión para que parezca más manejable.

A quién le pasa esto de verdad

Y aquí quiero pararme un momento, porque esta es la parte que más me interesa que te quede clara: esto no le pasa a la persona torpe, ni a la que no tiene buen gusto, ni a la que no sabe lo que quiere. Le pasa, casi siempre, a la persona a la que más le importa hacer las cosas bien. La que cuida los detalles. La que piensa en cómo va a sentar en los demás, en si va a durar, en si mereció la pena el esfuerzo. Le pasa a la que se toma en serio hasta el color de una pared.

Así que si llevas media hora delante de esos botes de pintura, no es un fallo tuyo. Es una virtud tuya que se ha ido de vueltas y ahora te está costando más de lo que aporta. Cuidar los detalles está bien. Lo que ya no funciona es que cuidar un detalle pequeño te deje sin energía para el resto del día.

El paso de hoy

No te voy a pedir que dejes de darle importancia a las cosas, ni que te vuelvas de repente una persona despreocupada. Eso no eres tú y probablemente no lo serás mañana. Lo que sí te propongo es algo mucho más pequeño y mucho más concreto.

Hoy, elige una sola decisión pequeña —puede ser literalmente qué color pintar algo, o puede ser cualquier otra cosa de poco peso que llevas aplazando— y ponle un límite de tiempo antes de empezar a mirar. No «voy a decidir rápido», que es una intención sin forma. Un número: diez minutos, un cronómetro si hace falta. Y una condición más: mira solo dos o tres opciones, no seis, no veinte. Cuantas más opciones te des, más terreno le das al miedo para esconderse.

  • Escribe el límite de tiempo antes de mirar nada, no a mitad de camino
  • Reduce las opciones a dos o tres desde el principio
  • Cuando suene el cronómetro, eliges con lo que tienes, aunque la cabeza pida un minuto más
  • Anota en un papel, aunque sea una frase, qué elegiste y que ya está decidido

Ese último punto no es un capricho. Escribirlo, aunque sea una línea, hace algo curioso: saca la decisión de la cabeza, donde puede seguir dando vueltas indefinidamente, y la deja fuera, en un sitio donde ya no hace falta vigilarla. El bucle en la cabeza parece enorme. En el papel ocupa tres líneas.

Lo que viene después de decidir

Te aviso de una cosa, porque prefiero que lo sepas antes de que te pille por sorpresa: el «y si me equivoco» no desaparece en el momento de decidir. Muchas veces aparece justo después, cuando ya has pagado la pintura o ya has enviado el correo. Eso no significa que hayas hecho algo mal ni que el método no sirva. Significa que tu cabeza está haciendo lo que sabe hacer, que es buscar el fallo. No hace falta que le sigas la conversación.

Equivocarse en algo pequeño no es la catástrofe que la cabeza anuncia con tanta seguridad.

Si eliges el color equivocado, lo repintas. Si el correo no sonó como querías, mandas otro aclarando. Casi ninguna decisión pequeña es tan irreversible como la cabeza la presenta en el momento de decidirla. Eso también se aprende, y se aprende decidiendo, no esperando a sentirte segura del todo, porque esa seguridad completa no suele llegar antes de decidir. Llega después, con la práctica de haber decidido y comprobar que no pasó nada tan grave.

No se trata de que mañana elijas todo en diez segundos y sin pensarlo. Se trata de que hoy, en una sola cosa pequeña, te des permiso para decidir con menos que la información perfecta, y de que compruebes con tus propios ojos que el mundo sigue de pie. Un color de pared a la vez.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la que relee un mensaje veinte veces y se queda tres días con una frase de nada.

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