El mensaje decía «vale.» Con punto. Me lo mandó una amiga un jueves por la tarde, y yo pasé el viernes, el sábado y buena parte del domingo releyéndolo. Vale qué. Vale por qué con punto. Si me lo hubiera dicho por teléfono no habría pasado nada; escrito, aquel punto se me clavó como una espina.
No era solo ese mensaje. Era todos. Releía lo que enviaba y lo que me enviaban, buscando un tono que no estaba. Reproducía conversaciones enteras en la ducha, contestando lo que no contesté. Una frase de nada me duraba tres días dando vueltas, como una lavadora que nunca termina de centrifugar.
Por fuera, tranquila. Esa era mi especialidad. En el trabajo decían «qué serena eres» y yo sonreía, con una discusión abierta por dentro desde las nueve de la mañana. Nadie discute más que la gente que parece que nunca discute.
Nadie discute más que la gente que parece que nunca discute.
Lo intenté todo, a mi manera. Me prohibí pensar, que es como prohibirte respirar. Ponía series para taparlo, y mi cabeza veía la serie y seguía con lo suyo por debajo. Pedía opiniones a todo el mundo para cada decisión, y cada opinión nueva era una vuelta más. Dormía mal, no por pena: por ruido.
El fondo fue un pasillo de bricolaje. Fui a por pintura para la habitación pequeña y estuve cuarenta minutos delante de los botes. Blanco roto, lino, arena. «¿Y si me equivoco?» Hice fotos a seis muestras para pensarlo en casa. Me fui sin pintura, con las manos vacías, y en el coche me eché a llorar. Por una pared.
Me fui sin la pintura y lloré en el coche. Supe que la pared no era la pared.
El giro fue una frase que leí de pasada, ya ni recuerdo dónde: «Un pensamiento no es un hecho.» La apunté en el ticket del parking y la llevé semanas en el bolso. Cada vez que la cabeza dictaba sentencia —«le has caído mal», «lo vas a estropear»— yo sacaba mentalmente el ticket: eso es un pensamiento. No un hecho.
Empecé pequeño, porque no me quedaban fuerzas para nada grande. Le puse nombre al bucle, para verlo venir. Le di una cita a la preocupación: media hora al día, con la libreta delante, y fuera de esa media hora no se atendía. Aprendí una pregunta que corta —«¿esto lo sé o lo estoy adivinando?»— y a decidir sin tener todos los datos, que es como se decide todo lo que importa.
Escribirlo a mano fue la mitad del camino. El bucle, en la cabeza, parece enorme; en el papel ocupa tres líneas y de pronto se le ve el cartón. Hubo recaídas, claro. Todavía las hay: hace poco perdí una tarde entera por un «ya hablamos». Pero ahora sé volver. Antes no sabía ni que se podía volver.
Compré la pintura, por cierto. Lino. La pared quedó bien, y aunque hubiera quedado mal, no pasaba nada: esa fue la lección más cara de mi vida. Y la escribí despacio, un día detrás de otro, para la que está ahora mismo releyendo un mensaje de tres palabras como si fuera un contrato: no es tu carácter, es un bucle. Y de los bucles se aprende a bajar.
