Fe

¿Es normal sentirme agotada de no llegar nunca, aunque haga todo bien?

Sí. Es una reacción muy común a vivir siempre exigiéndote, no un fallo tuyo ni una señal de que algo va mal contigo.

Lo digo así, de entrada, porque sé que si has llegado hasta aquí buscando esta pregunta es porque llevas tiempo pensando que el problema eres tú: que si te organizaras mejor, si descansaras más, si tuvieras un poco más de disciplina, por fin sentirías que llegaste. Y no. El problema no es que te falte algo. Es que la meta se mueve.

Qué le pasa al cuerpo cuando la meta siempre se corre un paso más allá

Piensa en correr detrás de algo que se aleja exactamente lo mismo que tú avanzas. Nunca lo alcanzas, pero tampoco te detienes, porque parece que está ahí mismo, a un paso. Eso hace la autoexigencia constante: por cada cosa que terminas bien, aparece la siguiente vara más alta, y la sensación de haber llegado nunca se queda quieta el tiempo suficiente para que la sientas.

El cuerpo no distingue entre correr de verdad y correr así, por dentro, todo el día. Se cansa igual. Por eso puedes dormir tus horas y despertarte ya agotada. Por eso un domingo tranquilo no siempre descansa como debería. No es que tu cuerpo esté fallando: es que lleva mucho tiempo en alerta, sosteniendo un examen que nunca se acaba de calificar.

La diferencia entre exigirte y cuidarte

Exigirte suena a voz que compara: esto podría estar mejor, esto no es suficiente todavía, otros lo hacen sin esfuerzo. Cuidarte suena distinto, más bajito: esto ya está bien, hoy hiciste lo que pudiste, puedes parar aquí.

No es que una sea de gente con carácter y otra de gente blanda. Son dos formas distintas de tratarte, y solo una de las dos te deja descansar de verdad al terminar el día. La exigencia te empuja a seguir aunque ya hayas hecho suficiente. El cuidado te permite reconocer cuándo un día, con sus fallos y todo, ya fue bastante. Aprender a cuidarte no es bajar el nivel: es dejar que la vara deje de moverse de vez en cuando, para que puedas llegar a alguna parte.

Cuándo ese agotamiento es más que cansancio

Hay un cansancio que se cura con una noche de sueño y un fin de semana tranquilo. Y hay otro que no se mueve por mucho que descanses, que viene acompañado de una tristeza que se queda ahí día tras día, o de una ansiedad que no baja aunque hayas hecho todo lo que sueles hacer para calmarte.

Si es lo segundo, si notas que esto ya no es solo estar cansada sino algo más difícil de nombrar, no hace falta que lo sostengas sola ni que esperes a que se te pase por sí mismo. Ahí conviene mirarlo de cerca con ayuda profesional. No te lo digo para alarmarte, te lo digo porque mereces algo más que aguantar.

El descanso no se gana terminando la lista. Se recibe, aunque la lista siga ahí, a medias, esperando a mañana.

Un paso pequeño para hoy

No hace falta resolver de golpe una autoexigencia que llevas años cargando. Basta con un gesto pequeño, hoy: al terminar el día, antes de mirar lo que quedó pendiente, escribe a mano una sola frase que diga lo que sí hiciste. No la lista entera, solo una cosa.

Es un paso diminuto, casi ridículo de lo pequeño que es. Pero es la manera de empezar a decirle a esa voz que mide que hoy, aunque no llegara a todo, ya fue suficiente.

El descanso no hay que ganárselo

Llevas mucho tiempo creyendo que primero hay que terminar, y solo después, si sobra tiempo, te puedes permitir parar. Pero el descanso no funciona así. No es el premio al final de la lista. Es algo que puedes recibir aunque la lista siga sin terminar, porque tu valor no depende de haberla acabado.

Un día cada vez, vas a ir aprendiendo a distinguir cuándo es tu cuerpo pidiendo cuidado y cuándo es la vieja costumbre de exigirte otra vez. Y cada vez que elijas parar sin haber llegado a todo, le estás enseñando a esa voz que hay otra manera de vivir, una que no te deja siempre agotada y siempre a medio camino.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la perfeccionista que mide su valor por lo que hace, y está agotada de no llegar nunca.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «Un salmo, una respiración, una línea»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.