Por qué nunca siento que hago suficiente, haga lo que haga
Llega la noche y repasas el día como quien pasa lista. La reunión salió bien, pero te quedaste callada en el momento en que podrías haber dicho algo más listo. La casa está recogida, menos ese cajón que sigue hecho un desastre desde hace una semana. Le hiciste la cena a los niños, aunque hoy no tuviste paciencia para el cuento de después. Y ahí te quedas, en la cama, dándole vueltas a lo que faltó, mientras lo que sí hiciste se disuelve como si nunca hubiera pasado.
Si esto te suena, no hace falta que me cuentes más. Lo conozco porque lo vivo. Hay noches en las que reviso mentalmente mi propio día como quien revisa una lista de la compra, y por más que la lista esté casi entera, solo veo el hueco. Da igual cuántas veces me digan que lo hice bien. Por dentro hay una voz que ya está preparando el informe de lo que faltó.
No es que seas muy exigente
A esto solemos ponerle una etiqueta rápida: soy muy exigente conmigo misma, soy perfeccionista, tengo un carácter así. Y puede que sea verdad, pero esa etiqueta se queda corta. No es solo una forma de ser. Es una voz muy concreta, que lleva la cuenta de todo lo que haces, compara, resta puntos, y nunca, nunca te da el aprobado final. Puedes hacer cien cosas bien y una regular, y esa voz se va a quedar con la regular. Es un termómetro que no marca nunca la temperatura justa, por mucho que subas el fuego.
Y lo peor no es la voz en sí. Es que hemos aprendido a confundirla con la verdad sobre nosotras mismas. Como si fuera objetiva. Como si llevara razón por definición, solo por hablar tan fuerte y tan seguido.
De dónde viene ese termómetro roto
Casi nunca nace de la nada. Suele venir de haber aprendido, en algún momento, que el cariño no estaba ahí sin más, sino que había que ganárselo. Con la nota buena. Con la habitación ordenada. Con no dar problemas. Con caer bien. Nadie tiene por qué habérnoslo dicho con esas palabras para que se nos quedara grabado así: el amor es un premio, y los premios hay que merecerlos cada día, sin descanso.
Si eso es lo que aprendiste, tiene todo el sentido que ahora, de adulta, sigas funcionando igual: sumando méritos, restando fallos, viviendo pendiente del saldo. No es un defecto de carácter. Es una manera de sobrevivir que un día tuvo su lógica, y que ahora solo te deja agotada.
No estoy curada de esto, todavía me pillo corrigiendo lo que ya estaba bien. Pero he aprendido a reconocer cuándo es esa voz la que habla, y no la que de verdad me quiere.
Un paso pequeño para hoy
No te voy a pedir que cambies de golpe la forma en que te hablas, porque eso no lo consigue nadie de un día para otro, y menos a base de fuerza de voluntad. Te voy a pedir algo más pequeño, casi ridículo de tan sencillo: coge un papel esta noche, antes de dormir, y escribe a mano una sola cosa que hiciste bien hoy. Una. Sin peros detrás. Sin añadir 'pero podría haber...'. Solo la frase, tal cual, cerrada.
Puede que te cueste encontrarla. Puede que la primera reacción sea pensar que no hay nada digno de anotar. Ahí es exactamente donde está trabajando esa voz que mide: hace que hasta lo bueno se vea insuficiente. Escríbelo igual. Aunque sea pequeño. Aunque sea 'hoy le sonreí a mi hijo cuando estaba cansada' o 'terminé lo que había prometido, aunque llegué tarde'.
No es un ejercicio de autoayuda para sentirte mejor un rato. Es empezar a entrenar el oído para otra voz, la que sí sabe ver lo que hiciste bien sin necesidad de que sea perfecto.
No te falta disciplina
Quiero que te quedes con esto, porque es lo contrario de lo que sueles pensar en esas noches de repaso: no te falta esfuerzo, ni disciplina, ni ganas de hacerlo mejor. Ya haces de sobra. Lo que falta es otra voz que te reciba al final del día sin pasar lista. Una que no necesite el informe completo para decirte que ya vales, que ya eres suficiente, hoy, con lo que hiciste y con lo que no llegaste a hacer también.
Esa voz existe. No siempre se oye a la primera, ni a la segunda. Pero se va afinando el oído, un día cada vez, con pasos tan pequeños como el de esta noche: una frase, a mano, sin peros. Mañana veremos otro.