¿Es normal sentirme así si mis padres nunca me maltrataron?
Llevas un rato con el cursor parpadeando antes de escribir esta pregunta. La has borrado dos veces porque suena mal, porque parece que te estás quejando de nada. Al final la escribes, casi en susurro, como si alguien pudiera oírte: ¿es normal sentirme así si mis padres nunca me pegaron, nunca me insultaron, nunca me faltó nada?
Esa pregunta la he tenido yo también, muchas noches. Y la respuesta corta es sí. Es normal. Pero merece que nos detengamos un momento en el porqué.
La ausencia de maltrato no es la presencia de cariño
Nos han enseñado a medir la infancia por lo que faltó de forma visible: los golpes, los gritos, el hambre, la ropa rota. Y si nada de eso pasó, parece que no hay nada de qué hablar. Pero una infancia se sostiene también con lo invisible: la mirada que te busca cuando entras en una habitación, la pregunta de "¿cómo estás?" hecha con curiosidad real, el abrazo que llega sin que lo pidas.
Puedes haber tenido techo, colegio, comida en la mesa, y aun así haber crecido con hambre. No es una contradicción, son dos cosas que pasan a la vez. Que no faltara lo material no significa que no faltara nada.
Padres fríos, no negligencia, no maltrato
Aquí conviene ir despacio, porque las palabras importan. Unos padres fríos son padres que no supieron mostrar cariño, que no preguntaban, que no abrazaban, quizá porque a ellos tampoco se lo dieron nunca. Eso deja una herida real, y de esa herida habla este blog.
Es distinto de la negligencia, que es cuando de verdad faltan los cuidados básicos -la comida, la seguridad, la atención a la salud-, y también es distinto del maltrato, que implica daño directo, físico o verbal. No hace falta que tu caso encaje en esas categorías más graves para que lo tuyo cuente. Y tampoco hace falta que compares tu herida con la de nadie, ni con la de un hermano que quizá lo vivió distinto, para que la tuya sea real.
No me quisieron mal, no supieron -es distinto, y me dolía igual, pero me dejaba respirar.
Un ejemplo de cocina cualquiera
Imagina la escena. Llegas de un examen que te ha costado mucho, lo has aprobado, y lo cuentas en la cocina mientras tu madre friega un plato. Ella dice "qué bien" sin levantar la vista del azulejo, y sigue fregando. No ha sido cruel. No te ha insultado. Pero algo en ti se queda esperando que suelte el trapo, se dé la vuelta, te mire a los ojos.
Ese "qué bien" sin mirada es el tipo de escena que deja hambre, aunque nadie diría, viéndola desde fuera, que ahí pasó nada malo. Y sin embargo, para ti, dentro, pasó algo: la confirmación, otra vez, de que lo bueno que traes no encuentra dónde aterrizar.
Cuándo merece la pena mirar más de cerca
Dicho esto, si notas que este malestar se ha ido haciendo cada vez más pesado -que no puedes dormir, que no disfrutas de nada, que sientes que no vale la pena seguir- eso ya no es solo la herida de una infancia fría, puede ser una tristeza que se ha instalado más hondo. En ese caso, hablar con un profesional de la salud mental no es exagerar, es cuidarte.
Para el resto de los días, los que solo pesan y no te hunden, quiero que te quedes con esto: sí, es normal. No hace falta que te hayan maltratado para que te duela no haber sido querida como necesitabas. Tu herida no necesita ser comparada con nada para contar.
El primer paso, hoy, puede ser tan pequeño como decirte a ti misma, en voz alta si puedes: esto que siento tiene derecho a existir, aunque no tenga un nombre grande ni una historia de las que se cuentan en las noticias. Con eso basta para empezar.