Tengo 40 años y sigo buscando la aprobación de mi madre
Cuelgas el teléfono después de contarle a tu madre lo del ascenso, o el examen, o lo que sea que este mes te ha hecho sentir orgullosa de ti misma. Y te quedas ahí, con el móvil todavía caliente en la mano, notando ese vacío tan conocido: ella ha dicho 'ah, qué bien' con la misma voz con la que comenta el tiempo, y tú, con cuarenta años, sigues esperando algo más. Sigues, aunque lo sepas de sobra, esperando que un día sea distinto.
No es inmadurez, es un hambre que no se cerró
Te lo has dicho muchas veces, casi como un reproche: ya tienes una edad, deberías haber superado esto, no deberías necesitar ya la aprobación de tu madre para sentirte bien contigo misma. Pero esto no funciona como una asignatura que se aprueba y se olvida. No es un fallo de madurez. Es un hambre que se instaló muy pronto, cuando eras pequeña y necesitabas esa mirada de orgullo para saber que ibas bien por la vida, y esa mirada, por la razón que fuera, casi nunca llegó entera.
El cuerpo no sabe de calendarios. No entiende que han pasado treinta años. Sigue buscando cerrar algo que se quedó abierto en la cocina de tu infancia, en la mesa de las comidas de domingo, en esas tardes en que le enseñabas un dibujo o una nota y recibías, como mucho, un vistazo rápido antes de que volviera a lo suyo.
Por qué cuanto más te esfuerzas, menos llega
Has probado de todo. Llamarla más. Contarle más cosas, con más detalle, esperando que esta vez sí conecte. Agradarle, ceder, no llevarle la contraria, ser la hija fácil. Y lo raro es que cuanto más lo intentas, menos parece llegar esa aprobación que buscas, como si te hubieras metido en una carrera que no tiene meta.
No es que lo estés haciendo mal. Es que esa aprobación nunca dependió de lo que tú hicieras o dejaras de hacer. Depende de algo en ella -de lo que a su vez no le dieron a ella, de cómo aprendió a querer, de mil cosas que no tienen que ver contigo- y eso no está en tu mano cambiarlo, por mucho que te esfuerces. Seguir intentándolo solo te deja más cansada y con la misma herida abierta, otra vez.
Un paso pequeño: notarlo, sin juzgarte
No te pido que dejes de llamarla ni que cambies nada todavía. Solo esto: esta semana, elige un momento en el que te sorprendas buscando esa aprobación -puede ser al colgar el teléfono, puede ser al contarle algo a una amiga y de fondo pensar en cómo lo hubiera recibido tu madre- y simplemente nómbralo por dentro, sin regañarte. 'Ahí está, la estoy buscando otra vez.' Nada más.
Notarlo sin juzgarte es ya un paso enorme, aunque no lo parezca. Es la diferencia entre repetir el patrón a ciegas y empezar a mirarlo de frente, con algo de compasión hacia esa parte tuya que sigue esperando.
Se puede aprender a dejar de necesitarla
No te digo que un día dejará de doler que tu madre no reaccione como querrías. Puede que siga sin llegar esa frase, esa mirada, ese orgullo que buscas. Lo que sí se puede aprender, un día cada vez, es a no necesitar ya esa reacción para saber que lo que hiciste vale, que tú vales. A dártelo tú, aunque al principio se sienta raro o insuficiente.
Es un camino lento, de esos que se hacen a mano, con calma, sin prisa por llegar a ningún sitio. Y si en algún momento este dolor pesa más de lo que puedes sostener sola, no hace falta cargarlo sin ayuda: hablarlo con alguien que sepa acompañarlo también es parte de aprender a cuidarte.