Bienestar

El mensaje que nunca envié: una carta sobre un domingo cualquiera

Era martes, ni siquiera domingo, y eso fue lo que más me sorprendió cuando lo vi. Estaba esperando a que hirviera el agua para la pasta, con el móvil en la mano sin razón, pasando el dedo por encima de las conversaciones como quien pasa las páginas de una revista en la sala de espera. Y entonces lo vi: un mensaje escrito para Marisa, mi amiga de toda la vida, que decía solo '¿cómo estás? Hace mucho que no hablamos'. Sin enviar. Con fecha de tres días atrás.

Me quedé mirando esas seis palabras como si las hubiera escrito otra persona. Recordaba haberlas tecleado, sí, un domingo por la noche, tumbada en el sofá con la tele puesta de fondo para que hubiera una voz en casa. Recordaba también la sensación de después: ese vacío pequeño de leer lo que había escrito, dudar, y dejarlo ahí. Guardado. Como tantas otras cosas que una guarda 'para luego' y luego nunca llega.

Lo raro no era el mensaje. Lo raro era darme cuenta de cuánto tiempo llevaba haciendo eso. Escribir cosas que no mandaba. Pensar en llamar y no llamar. Tener a Marisa en la cabeza casi cada semana y dejar que pasaran los meses como si el tiempo fuera un motivo válido para no escribir, en vez de la explicación de por qué cada vez costaba más.

Mira lo lejos que me he ido

Apagué el fuego antes de que se pasara la pasta y me senté en la encimera, cosa que no hago nunca, con el teléfono todavía en la mano. Pensé, con esa claridad incómoda que a veces llega de golpe: mira lo lejos que me he ido. No de Marisa. De mí. De la persona que antes cogía el teléfono sin pensarlo dos veces, que no necesitaba ensayar una frase para escribir a una amiga de quince años.

No lloré ni nada parecido a un drama de película. Fue más bien un cansancio reconocido, el de quien lleva mucho rato cargando algo y por fin lo nota en los brazos. Vergüenza también, un poco: la de pensar '¿y ahora qué le digo, después de tanto tiempo?', como si le debiera una explicación con fecha y motivos, cuando en realidad lo único que había pasado era silencio acumulado, día tras día, domingo tras domingo.

Una frase que leí de pasada

Unos días antes había leído, no recuerdo ya dónde, una frase que se me quedó pegada sin que en el momento le diera mucha importancia: que estar sola y sentirse sola no son la misma cosa. Que se puede vivir perfectamente acompañada y sentir un vacío igual de real un domingo por la tarde, y que ese sentimiento, por muy pegado que parezca a una, no es un rasgo fijo del carácter. Es algo a lo que se le puede enseñar a doler menos.

Estar sola y sentirse sola no son lo mismo. Y a la segunda se le puede enseñar a doler menos.

Sentada en esa encimera, con la pasta esperando y el mensaje sin enviar todavía en la pantalla, until until pensé que quizá esa frase no era solo una frase bonita. Que quizá el problema no era Marisa, ni la distancia, ni siquiera el tiempo pasado. El problema era que llevaba meses sintiéndome sola y tratándolo como una vergüenza que había que esconder, en lugar de algo que había que nombrar, aunque fuera solo para mí, en voz baja.

No hizo falta un plan. No hizo falta prometerme que a partir de ahora iba a ser una persona distinta, más sociable, más valiente. Solo hizo falta una cosa mínima: el pulgar sobre el botón de enviar.

Pulsar el botón

Lo envié sin pensarlo más, antes de que la duda volviera a ganar. No fue un gesto solemne. Fue casi torpe, con la otra mano todavía sujetando la olla. Y durante los siguientes veinte minutos, mientras comía la pasta ya un poco pasada, miré el móvil más veces de las que me gusta admitir, esperando esos tres puntitos que dicen que alguien está escribiendo.

Marisa contestó esa misma noche. No con un discurso, ni con reproches por el silencio. Con un '¡qué alegría verte escribir! Yo también pensaba en ti hace poco'. Nada más. Y sin embargo esa frase tan sencilla deshizo en un segundo todo el peso que yo llevaba cargando sola desde hacía semanas, quizá meses, sin saber muy bien desde cuándo.

No cuento esto porque a partir de ese mensaje todo se arreglara, ni porque los domingos dejaran de pesarme de golpe. Hubo más domingos silenciosos después de aquel martes, y algún mensaje sin enviar volvió a aparecer en el cuaderno de borradores. Pero algo sí cambió: ya sabía que existía ese camino de vuelta, aunque costara, aunque diera vergüenza, aunque el primer paso fuera tan pequeño como pulsar un botón.

Si hoy tienes un mensaje sin enviar

Si ahora mismo tienes en el móvil algo parecido a lo que yo tenía aquel martes —un '¿cómo estás?' escrito y guardado, un audio grabado y borrado tres veces, un nombre en el que piensas más de lo que hablas con esa persona—, no hace falta que encuentres la palabra perfecta. No existe la palabra perfecta. Existe, eso sí, el botón de enviar, que sigue ahí, esperando, tan pequeño y tan posible como lo estuvo aquel día para mí.

Y si lo que sientes no es solo esa vergüenza pasajera de retomar el contacto, sino un peso más hondo que no afloja con nada de esto, también está bien pedir ayuda de alguien que sepa acompañar eso de cerca. No todo lo carga un mensaje enviado a tiempo. Pero muchas veces, para empezar, con eso basta.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Estar sola no tiene por qué doler así.

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