UN RETO DE 30 DÍAS

Llega el domingo por la tarde y la casa se queda en un silencio raro. Enciendes la tele por tener algo de ruido. Miras el móvil por si alguien escribe, y no escribe nadie. Y esas horas hasta que se hace de noche se te hacen larguísimas, con un peso en el pecho que no sabes ni cómo nombrar.

Para quien ha aprendido a callar lo sola que se siente, y ya no sabe cómo llenar sus propios días.

Te cuento cómo salí de esos domingos, un paso cada vez.

Las seis y media de un domingo. La luz de la tarde entrando de lado por la ventana de la cocina, esa luz que se pone naranja y luego gris y de repente ya es de noche. Yo sentada a la mesa con un té que se había quedado frío, mirando el móvil boca arriba por si vibraba. No vibró.

No os voy a mentir: encendía la tele nada más comer. No para verla. Para que hubiera una voz en la casa. Cualquier voz que no fuera el silencio, que a esa hora se ponía espeso, como si tuviera peso.

Y lo raro es que de lunes a viernes yo estaba bien. Trabajo, recados, la lista de cosas. Los días laborables me sostenían solos, sin que yo tuviera que hacer nada. El problema empezaba el sábado por la noche, cuando se me venía encima el domingo entero, todas esas horas vacías por delante, sin nadie a quien rendirle cuentas de en qué las gastaba.

Probé de todo. Me apunté a un curso de cerámica que dejé a la tercera semana. Me bajé una aplicación de esas para hacer amigos y la borré a los dos días, muerta de vergüenza. Me obligaba a salir a pasear "para despejarme" y volvía peor, porque veía a la gente en las terrazas, en grupos, riéndose, y yo pasando por el lado como un fantasma con abrigo.

Encendía la tele no para verla, sino para que hubiera una voz en la casa.

Lo que más me costaba no era estar sola. Era lo otro: decir que no lo estaba. Cuando alguien me preguntaba, yo contestaba "muy bien, con mucho lío" en automático, con una sonrisa puesta. Me daba una vergüenza tremenda reconocer que los domingos me dolían. Como si a mi edad ya no tocara sentirse así. Como si fuera un fracaso mío.

El cuerpo, eso sí, no mentía. Dormía fatal los domingos por la noche. Comía a deshora, de pie, cualquier cosa. Fui dejando de llamar a la gente porque me daba apuro no tener nada que contar, y de tanto no llamar, me dejaron de llamar a mí, y luego me quejaba de que nadie me llamaba. El bucle perfecto.

El fondo no fue nada dramático. Fue un martes, no un domingo siquiera. Me di cuenta de que llevaba puesto en el móvil, para mí sola, el mismo mensaje de "¿cómo estás?" escrito y sin enviar desde hacía tres días. Se lo iba a mandar a una amiga de siempre. Y no me atrevía. Me quedé mirando esas dos palabras mías, sin enviar, y pensé: mira lo lejos que me he ido, que ya ni sé pulsar el botón.

El giro tampoco fue un milagro. Fue una frase que leí de pasada, no me acuerdo dónde. Decía algo así como que estar sola y sentirse sola no son la misma cosa, y que a la segunda se le puede enseñar a doler menos. Me quedé con eso. Que se le podía enseñar. Que no era mi carácter, ni mi condena. Que era algo que se aprendía, como todo.

Estar sola y sentirse sola no son lo mismo. Y a la segunda se le puede enseñar a doler menos.

Así que empecé por lo más pequeño que se me ocurrió. Un solo paso al día, escrito a mano en un cuaderno, porque en la pantalla no me lo creía. El primer domingo no me curé de nada. Me hice la cama, me vestí como si fuera a algún sitio aunque no fuera a ninguno, y bajé a por el pan andando despacio. Eso fue todo. Y fue muchísimo.

Fui aprendiendo a llenar esas horas con algo que fuera mío, no a taparlas. A darle una forma al domingo antes de que llegara, para no encontrármelo vacío de golpe. Reconecté con la gente muy poco a poco, a mi ritmo de tortuga: un mensaje, luego un café, luego una llamada larga sin motivo. Hubo domingos que recaí, que me volví a encontrar con la tele encendida y el té frío. Pero ya sabía volver. Ya no me quedaba tanto rato ahí dentro.

Y despacio, sin darme cuenta, aprendí lo más difícil: a estar a gusto conmigo. A que un domingo sola no fuera un castigo, sino un rato tranquilo. No os digo que ya no me pese nunca el silencio. Os digo que aprendí a acompañarme mientras pesa.

Por eso me senté a escribir este cuaderno. Porque me acuerdo demasiado bien de esa mujer de la mesa de la cocina, con el móvil boca arriba y la tele de fondo, diciendo "estoy bien" para no tener que explicar nada. Y sé que ahora mismo hay alguien, un domingo por la tarde, sintiéndose exactamente así y creyendo que le pasa solo a ella. Escribo para esa persona, un día cada vez, para que no tenga que cruzar esas horas tan sola como las crucé yo.

¿Te suena?

Los domingos por la tarde se te hacen eternos y no sabes por qué.
Tienes el móvil en la mano por si alguien escribe. No escribe nadie.
Dices que estás bien, pero por dentro te sientes muy sola.
Te da hasta vergüenza reconocer lo mucho que pesa el silencio.
17 €Los domingos eran lo peor
EL CUADERNO

Por eso escribí este cuaderno

Es lo que a mí me habría hecho falta aquellos domingos: un paso pequeño cada día, treinta en total, para mirar la soledad de frente sin que te hunda y volver a llenar tus propios días. Para quien dice «estoy bien» y por dentro no lo está.

  • 30 días, uno cada vez, sin agobios.
  • Un paso realista al día y sitio para escribir a mano.
  • Escrito por alguien que lo ha vivido, no un manual frío.
Pago seguroDescarga inmediataCuaderno para rellenarGarantía de 30 días

Lo que te llevas

Todo lo que incluye tu cuaderno de 30 días

Mirar de frente la soledad sin que te hunda.

Reconstruir una rutina que te sostenga.

Reconectar con gente, a tu ritmo.

Disfrutar de tu propia compañía, de verdad.

Cómo funcionan los 30 días

Semana 1

Ver dónde estás

Semana 2

Soltar lo que no puedes

Semana 3

Volver a ti

Semana 4

Tu vida, de nuevo

Quién lo escribe

T

Por Teresa Lucas

Yo también aprendí a decir «estoy bien» mientras los domingos se me caían encima. Tardé en admitir que la soledad me dolía, y más aún en volver a llenar mis días de mí. Escribo esto desde ahí, no desde una tarima.

Lo que dicen quienes lo han hecho

“Por fin dejé de sentirme sola con esto.”

— lector/a

“El primer material que no me juzga.”

— lector/a

“Corto cada día, pero me cambió el mes.”

— lector/a

Sin riesgo para ti

Si en 30 días sientes que no era para ti, te devuelvo el importe. Sin preguntas.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Preguntas frecuentes

¿Esto es terapia?
No. Es un acompañamiento para recorrer a solas, con calma y a tu ritmo. Si la soledad viene con una tristeza que no levanta o te quita las ganas de todo, un profesional puede ayudarte de una forma que un libro no puede. Esto es una mano al lado, no un tratamiento.
Me da un poco de vergüenza reconocer que me siento sola. ¿Voy a tener que contárselo a alguien?
A nadie. Es tuyo y solo tuyo. Se lee en casa, sin que nadie sepa que lo tienes. No hay grupos, ni exponerte, ni contar tu vida. Solo tú y estas páginas.
¿Y si soy tímida o me cuesta mucho la gente? ¿Me va a empujar a socializar a la fuerza?
No. Aquí nadie te va a obligar a apuntarte a nada ni a llenar tu agenda de golpe. Se avanza a tu ritmo, en pasos pequeños y realistas, empezando por reconciliarte con tu propia compañía. La gente viene después, y a tu manera.
¿Cuánto tiempo me lleva al día?
Un rato corto. Cada día trae una lectura breve y honesta y un pequeño paso para hoy. Diez minutos con un café bastan. No es deberes; es un cuidado.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Estar sola no tiene por qué doler así.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «El check-in de 10 minutos para volver a ti»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

Este material es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional.