Las seis y media de un domingo. La luz de la tarde entrando de lado por la ventana de la cocina, esa luz que se pone naranja y luego gris y de repente ya es de noche. Yo sentada a la mesa con un té que se había quedado frío, mirando el móvil boca arriba por si vibraba. No vibró.
No os voy a mentir: encendía la tele nada más comer. No para verla. Para que hubiera una voz en la casa. Cualquier voz que no fuera el silencio, que a esa hora se ponía espeso, como si tuviera peso.
Y lo raro es que de lunes a viernes yo estaba bien. Trabajo, recados, la lista de cosas. Los días laborables me sostenían solos, sin que yo tuviera que hacer nada. El problema empezaba el sábado por la noche, cuando se me venía encima el domingo entero, todas esas horas vacías por delante, sin nadie a quien rendirle cuentas de en qué las gastaba.
Probé de todo. Me apunté a un curso de cerámica que dejé a la tercera semana. Me bajé una aplicación de esas para hacer amigos y la borré a los dos días, muerta de vergüenza. Me obligaba a salir a pasear "para despejarme" y volvía peor, porque veía a la gente en las terrazas, en grupos, riéndose, y yo pasando por el lado como un fantasma con abrigo.
Encendía la tele no para verla, sino para que hubiera una voz en la casa.
Lo que más me costaba no era estar sola. Era lo otro: decir que no lo estaba. Cuando alguien me preguntaba, yo contestaba "muy bien, con mucho lío" en automático, con una sonrisa puesta. Me daba una vergüenza tremenda reconocer que los domingos me dolían. Como si a mi edad ya no tocara sentirse así. Como si fuera un fracaso mío.
El cuerpo, eso sí, no mentía. Dormía fatal los domingos por la noche. Comía a deshora, de pie, cualquier cosa. Fui dejando de llamar a la gente porque me daba apuro no tener nada que contar, y de tanto no llamar, me dejaron de llamar a mí, y luego me quejaba de que nadie me llamaba. El bucle perfecto.
El fondo no fue nada dramático. Fue un martes, no un domingo siquiera. Me di cuenta de que llevaba puesto en el móvil, para mí sola, el mismo mensaje de "¿cómo estás?" escrito y sin enviar desde hacía tres días. Se lo iba a mandar a una amiga de siempre. Y no me atrevía. Me quedé mirando esas dos palabras mías, sin enviar, y pensé: mira lo lejos que me he ido, que ya ni sé pulsar el botón.
El giro tampoco fue un milagro. Fue una frase que leí de pasada, no me acuerdo dónde. Decía algo así como que estar sola y sentirse sola no son la misma cosa, y que a la segunda se le puede enseñar a doler menos. Me quedé con eso. Que se le podía enseñar. Que no era mi carácter, ni mi condena. Que era algo que se aprendía, como todo.
Estar sola y sentirse sola no son lo mismo. Y a la segunda se le puede enseñar a doler menos.
Así que empecé por lo más pequeño que se me ocurrió. Un solo paso al día, escrito a mano en un cuaderno, porque en la pantalla no me lo creía. El primer domingo no me curé de nada. Me hice la cama, me vestí como si fuera a algún sitio aunque no fuera a ninguno, y bajé a por el pan andando despacio. Eso fue todo. Y fue muchísimo.
Fui aprendiendo a llenar esas horas con algo que fuera mío, no a taparlas. A darle una forma al domingo antes de que llegara, para no encontrármelo vacío de golpe. Reconecté con la gente muy poco a poco, a mi ritmo de tortuga: un mensaje, luego un café, luego una llamada larga sin motivo. Hubo domingos que recaí, que me volví a encontrar con la tele encendida y el té frío. Pero ya sabía volver. Ya no me quedaba tanto rato ahí dentro.
Y despacio, sin darme cuenta, aprendí lo más difícil: a estar a gusto conmigo. A que un domingo sola no fuera un castigo, sino un rato tranquilo. No os digo que ya no me pese nunca el silencio. Os digo que aprendí a acompañarme mientras pesa.
Por eso me senté a escribir este cuaderno. Porque me acuerdo demasiado bien de esa mujer de la mesa de la cocina, con el móvil boca arriba y la tele de fondo, diciendo "estoy bien" para no tener que explicar nada. Y sé que ahora mismo hay alguien, un domingo por la tarde, sintiéndose exactamente así y creyendo que le pasa solo a ella. Escribo para esa persona, un día cada vez, para que no tenga que cruzar esas horas tan sola como las crucé yo.
