Familia

Cómo hacer el duelo de los padres que no te dieron el cariño que necesitabas

Este domingo has vuelto a comer con ellos. Tu madre ha puesto el mantel de siempre, tu padre ha preguntado por el tráfico. Todo normal, todo en orden. Y al volver a casa, en el coche, con la radio de fondo, te ha entrado un llanto que no sabías ni de dónde salía. Como si acabaras de despedirte de alguien que, en realidad, sigue vivo.

Eso que sientes tiene nombre, y es duelo. Aunque suene raro decirlo así, de unos padres que siguen ahí, con los que hablas cada semana, a los que quizá hasta les llevas la compra.

Un duelo sin muerte de por medio

Cuando pensamos en el duelo, pensamos en un funeral, en una ausencia física. Pero hay otro duelo, más silencioso, que es el de aceptar que la persona que necesitabas que fueran tus padres no ha existido nunca. No se han muerto ellos: se ha muerto la esperanza de que un día sean distintos.

Puedes seguir viéndolos cada domingo, quererlos incluso, y aun así estar de duelo por el abrazo que no dieron, por la pregunta de "¿cómo estás de verdad?" que nunca hicieron. Las dos cosas conviven, por raro que parezca.

Paso 1: soltar la lista-mordaza

Seguro que la conoces de memoria. Tuviste techo. Fuiste al colegio. Nunca te faltó comida en la mesa. Esa lista, que empezó siendo un recuerdo, se ha convertido en una mordaza que te tapa la boca cada vez que algo dentro de ti quiere doler.

"No tengo derecho a quejarme, tuve de todo", te repites. Y con esa frase te cierras la puerta a sentir lo que sí falta. Pero tener techo no cierra el hambre de un abrazo. Tener colegio no cierra el hambre de una pregunta hecha con curiosidad de verdad. Son cosas distintas, y las dos son ciertas.

El primer paso del duelo es dejar que la lista y la pena existan en el mismo cajón, sin que una tache a la otra.

Paso 2: la carta a la niña que fuiste

Coge un cuaderno, no el móvil. Ponte un rato tranquilo, quizá por la noche, cuando la casa está en silencio. Y escribe una carta a la niña o al niño que fuiste. No para enviarla a nadie, ni para leérsela a tus padres. Solo para ti.

Puedes empezar por algo tan sencillo como: "Sé que esperabas que alguien te preguntara cómo te había ido el día. Sé que te dormías queriendo que alguien te dijera que estaba orgulloso de ti." Deja que la mano vaya sola. No hace falta que quede bonito ni ordenado.

Esa carta es un lugar seguro donde por fin alguien -tú misma, de adulta- escucha a esa niña sin la mordaza de la lista.

Paso 3: llorar sin que sea traición

Aquí viene la parte que más cuesta. Permitirte llorar lo que no llegó no significa culpar a tus padres ni odiarlos. Puedes llorar la falta y, al mismo tiempo, seguir queriéndolos con todo lo que tienen y lo que no supieron dar.

No me quisieron mal, no supieron -es distinto, y me dolía igual, pero me dejaba respirar. Sostener esa frase, sin resolverla del todo, es parte del duelo. No hace falta elegir entre quererlos y doler por lo que faltó.

Paso 4: un cierre pequeño, no una solución

Un duelo no se cierra con un portazo ni con una gran conversación donde por fin les dices todo. Se cierra, si acaso, con un gesto pequeño y simbólico que marca que algo empieza a soltarse.

  • Guardar la carta a la niña que fuiste en un cajón, como quien guarda algo importante
  • Elegir una frase que sí te hubiera gustado oír, y decírtela tú en voz alta una vez
  • Un objeto sencillo -una vela, una piedra, una foto de cuando eras pequeña- que coloques en algún sitio de casa como recordatorio de que ya no esperas de ellos lo que no van a dar

Ese gesto no borra el dolor. No hace que el domingo que viene sea distinto. Pero es un paso, y los pasos pequeños son los únicos que de verdad sostienen un duelo tan largo como este.

Yo sigo, algunas noches, marcando el número de mi madre esperando otra cosa. El duelo no es una línea recta que se termina un día. Es aprender a caminar con el peso más liviano, un poco cada vez.

Si notas que este dolor se ha ido convirtiendo en algo que ya no puedes sostener sola -que te impide dormir, comer, levantarte-, no dudes en buscar el acompañamiento de un profesional. Un duelo tan largo a veces necesita más que una carta y un cuaderno.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para quien creció con padres que estaban, no faltaba de comer… pero nunca decían «te quiero».

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