"Si tuvieras más fe no te preocuparías tanto": lo que me dijeron y no pude olvidar
Te lo dijeron en un tono suave, casi cariñoso. Puede que fuera tu madre, puede que fuera alguien del grupo de oración, puede que fuera el pastor delante de todos sin saber que te estaba hablando a ti. "Si tuvieras más fe no te preocuparías tanto." Y tú sonreíste, dijiste que sí, que tenía razón, que ibas a intentarlo. Y esa noche, y muchas después, esa frase se quedó a vivir contigo. No como un consejo. Como una acusación que repites tú sola cuando nadie más la dice.
Ha pasado el tiempo y sigue ahí. Te preocupas por tu hijo, por el dinero, por una prueba médica, por algo que dijiste mal hace una semana, y antes de sentir la preocupación en sí, sientes otra cosa encima: la vergüenza de estar preocupándote. Como si el problema no fuera lo que te quita el sueño, sino que te quite el sueño estando tú una persona de fe. Dos cargas en vez de una.
La culpa que no se ve
Esa frase deja una culpa silenciosa, de las que no se cuentan porque dan vergüenza contarlas. Es la culpa de pensar que tu preocupación mide tu fe, como si hubiera una báscula invisible y cada noche en vela fuera un suspenso. Nadie te lo dice así de claro, pero tú lo traduces así: "si de verdad confiara, no me pasaría esto". Y entonces no solo te preocupas. Te preocupas y además te examinas. Te preocupas y además te condenas por preocuparte.
Yo también me quedé con frases así. Y durante un tiempo hice justo lo que parecía que tocaba hacer: fingir que no me preocupaba, para que no pensaran que me faltaba fe. Sonreía en la iglesia con la mandíbula apretada. Decía "estoy bien" con la cabeza dando vueltas. No arreglaba nada, solo lo escondía mejor.
La fe y la preocupación no se excluyen
Aquí va lo que necesito que te lleves de este texto, despacio, sin que suene a sermón: la fe y la preocupación pueden convivir en la misma persona, en el mismo día, incluso en la misma hora. No son opuestos que se anulan como la luz y la oscuridad. Se parecen más a dos manos: una que sostiene lo que crees, y otra que todavía tiembla con lo que temes. Puedes tener las dos manos abiertas a la vez. No hace falta que una gane a la otra para que seas una persona de fe de verdad.
Pensar que la fe debería anestesiar la preocupación es pedirle a la fe algo que no promete. La fe no dice "no vas a sentir miedo". Dice más bien "no estás sola sintiéndolo". Es otra cosa. Es una compañía en medio del temor, no una vacuna contra él. Y las personas que más fe parecen tener, las que tú admiras, muchas veces también se despiertan a las tres de la madrugada. Solo que no lo cuentan, igual que tú no lo contabas.
Un paso pequeño para esta frase concreta
No hace falta que discutas con quien te lo dijo, ni que le expliques nada. Esto es más para ti que para nadie más. Coge un papel, esta misma tarde o esta noche, y escribe arriba la frase exacta que te dijeron. Tal cual la recuerdas, con esas palabras. Y debajo, escribe a mano una respuesta honesta, tuya, que te la digas a ti misma la próxima vez que la frase vuelva a aparecer en tu cabeza.
No tiene que ser una respuesta perfecta ni teológica. Puede ser algo tan sencillo como: "me preocupo y sigo creyendo, las dos cosas son verdad a la vez". O: "preocuparme no borra lo que confío, solo dice que soy humana". Escribirlo a mano, no pensarlo solo en la cabeza, ayuda a que esa respuesta pese algo real la próxima vez que la necesites, en vez de quedarse flotando como una idea que se te olvida en el momento en que más falta hace.
Preocuparme no mide cuánta fe tengo. Solo dice que estoy viva y que me importa lo que quiero.
Guarda ese papel donde lo veas: en la libreta de la mesilla, en la Biblia, donde sea que tengas tus cosas de la mañana. La próxima vez que alguien suelte esa frase, o que te la sueltes tú sola a las tres de la madrugada, no tienes que convencer a nadie. Solo léela. Dale a esa vieja acusación la respuesta que ya escribiste, con tu letra, cuando estabas tranquila y podías pensar con más calma que en medio de la noche.
Si alguna vez la preocupación se te hace tan grande que sientes que no puedes con ella tú sola, o que roza algo más serio, no hay nada de malo en pedir ayuda profesional además de la oración: una cosa no quita la otra, y cuidarte así también es un acto de fe.
Cerrar sin culpa
Preocuparse no mide cuánta fe tienes. No hay báscula, no hay examen, no hay nadie contando tus noches en vela para darte una nota. Lo que mide tu fe, si es que hay que medir algo, es que sigues volviendo, una y otra vez, aunque la preocupación reaparezca a las pocas horas de haberla soltado. Eso no es fracaso. Eso es justamente lo que se entrena, un poco cada día, sin prisa y sin vergüenza.