La noche que un cajón atascado me hizo ver la rabia que llevaba dentro
Esto fue meses antes de lo del cajón. Una noche corriente, de esas que no se anotan en ningún sitio porque no pasa nada digno de contarse: ropa tendida por la tarde, ya seca, y yo doblándola a las diez de la noche en el sofá, con la tele puesta de fondo sin que me estuviera enterando de nada de lo que decía.
Cojo una camisa. La doblo como la doblo siempre, por la mitad, las mangas hacia dentro. Y una manga no encaja. No sé explicarlo mejor que eso: no encaja, se me resiste, hace un pliegue feo donde no toca. Lo intento otra vez. Sigue sin encajar. Y ahí, en ese segundo y medio de forcejeo con una manga de camisa, siento una rabia que no tiene ningún sentido con lo que está pasando.
Una furia que no cabía en una manga de camisa
Quise tirar la camisa al suelo. No lo hice, pero lo quise, con una intensidad que me asustó un poco a mí misma mientras la sentía. Por una manga. Por un pliegue torcido en una prenda que ni siquiera era cara ni especial, una camisa de estar por casa que llevaba doblando de la misma manera desde hacía años sin que nunca antes me hubiera sacado nada parecido a esto.
Me quedé quieta un segundo, con la camisa a medio doblar en las manos, notando el corazón un poco acelerado por una tontería que ni siquiera iba a poder contarle a nadie sin sentirme ridícula. "Me ha dado rabia una manga", así sonaba si lo decía en voz alta. Así que no lo dije. Hice lo que sabía hacer, que era lo de siempre.
Lo de siempre: doblarlo igual, apagar la luz, dormir
Terminé de doblarla como pude, sin que quedara perfecta, la puse en el montón con las demás, apagué la tele, apagué la luz, me acosté. Y antes de cerrar los ojos me dije la frase que llevaba usando meses, quizá años, cada vez que algo pequeño me sacaba de quicio más de la cuenta: "será que estoy cansada".
Era una frase cómoda. No exigía mirar nada más. El cansancio era verdad, además, así que no era ni siquiera mentira, solo una verdad a medias que tapaba otra verdad más incómoda. Me dormí, o lo intenté, con esa explicación puesta encima como quien tapa algo con una manta que se queda corta.
De madrugada, despierta sin motivo
Me desperté hacia las tres, sin ningún ruido que lo explicara, con esa lucidez rara que a veces trae la madrugada y que de día no hay manera de encontrar. Y en vez de darle vueltas a cualquier tontería sin importancia, como suele pasarme en esos despertares, me vino la manga. La camisa. La rabia que no encajaba con el tamaño del problema.
Y entonces até algo que llevaba sueltos meses: no era la primera vez que estaba "cansada" un martes por la noche. Era, casi siempre, el mismo día de la semana. Y ese día coincidía, si lo pensaba bien, con la misma conversación de todas las semanas, la misma en la que yo decía que sí a algo que no quería del todo y me quedaba con las ganas de haber dicho otra cosa.
No era la manga. Era todo lo que llevaba semanas tragándome el mismo día, con la misma persona, y llamándolo cansancio.
Me quedé despierta un buen rato con eso encima, sin sacar ninguna conclusión grande ni prometerme nada solemne. Solo mirando la coincidencia de frente, por primera vez, en vez de taparla con la manta de siempre.
Por qué empecé a escribir esas noches
No cambié nada al día siguiente. No hubo conversación valiente, ni frase liberadora dicha a quien tocaba. Lo que sí hice, unos días después, fue empezar a apuntar algo antes de apagar la luz: qué había pasado ese día, qué me había tragado, aunque fuera una línea. Nada de análisis, nada de buscarle explicación esa misma noche.
Lo hice porque me di cuenta de que doblar la ropa y apagar la luz no estaba resolviendo nada, solo estaba aplazándolo hasta la siguiente manga que no encajara, el siguiente vaso mal puesto, el siguiente cajón atascado. Y prefería quedarme con la incomodidad de escribirlo a mano, despacio, a seguir acumulando martes que luego pagaba sin saber por qué.
Sigo sin tener esto resuelto del todo. Alguna noche todavía doblo la ropa y me digo que estoy cansada. Pero ahora, casi siempre, me doy cuenta el mismo día, y eso, comparado con antes, ya es otra vida.