La mañana en que no recordé cuáles eran mis galletas favoritas
Era domingo por la mañana y estaba ordenando la nevera, nada más. Sacando tarros caducados, limpiando una balda pegajosa, ese tipo de tarea que haces con la cabeza en otro sitio. Detrás de un bote de mostaza casi vacío encontré una lista de la compra vieja, de esas que se escriben a mano y se meten en un cajón y se olvidan. La cogí sin pensar, esperando tirarla, y me quedé mirándola más tiempo del que hacía falta.
Una lista sin ninguna cosa mía
Cerveza de la marca que le gustaba a él. Las galletas que comía él para el desayuno. El queso que solo comía él. La revista que él siempre pedía en el quiosco de camino a casa. Repasé la lista dos veces buscando algo mío, aunque fuera pequeño, aunque fuera solo una marca de champú. No había nada. Ni una sola línea. Y lo raro, lo que de verdad me paró en seco, no fue la lista en sí. Fue que al intentar recordar cuáles eran mis galletas favoritas, las que compraba antes de todo esto, no me vino nada a la cabeza. Nada. Me quedé de pie en la cocina, con un trozo de papel en la mano, sin saber qué me gustaba a mí.
Se me pasaron por delante meses enteros de listas parecidas a esa. Compras hechas deprisa, pensando en que hubiera de todo lo que él necesitaba para no darle un motivo más de discusión, para que el día no empezara mal. En algún momento, sin fecha ni aviso, había dejado de comprar para mí. Y no me había dado cuenta hasta ese domingo, con un bote de mostaza en una mano y una lista vieja en la otra.
La tentación de seguir igual
Lo primero que pensé, y lo digo tal cual porque fue así, fue: total, ya me he acostumbrado, para qué darle vueltas ahora. Es más fácil seguir comprando lo de siempre. Menos decisiones, menos fricción, menos posibilidades de que algo saliera mal en una casa donde cualquier cosa podía salir mal. Ese pensamiento tiene su lógica, y durante mucho tiempo fue el que ganaba. Es agotador sostener una casa así, y cualquier cosa que reduzca un poco el caos parece buena idea, aunque esa cosa sea borrarte a ti misma de la lista de la compra.
Me quedé un rato apoyada en la encimera, con la lista en la mano, notando ese tira y afloja entre seguir como siempre y hacer algo distinto, aunque fuera diminuto. No tenía ganas de gestas. No tenía energía para una gesta. Solo tenía ganas de que, por una vez, algo de esa nevera fuera mío.
Un gesto pequeño, casi ridículo de tan pequeño
Así que hice una cosa. Cogí el coche esa misma tarde y fui al supermercado, sola, sin necesitar nada urgente, solo para comprar. Y en el pasillo de las galletas me quedé plantada un buen rato, mirando paquetes, intentando recordar. Al final elegí unas de chocolate con avellana que había visto de reojo mil veces sin comprarlas nunca, porque no eran las que él quería. Las metí en el carro casi con vergüenza, como si estuviera haciendo algo prohibido. Nadie me miró. Nadie dijo nada. Pagué, volví a casa, las puse en un estante de la despensa, en un sitio donde antes solo había cosas suyas.
No sonó a victoria. No hubo música ni lágrimas de alivio. Fue solo un paquete de galletas en un estante distinto. Pero esa noche, cuando abrí la despensa a buscar algo para picar y vi ese paquete ahí, con mi nombre invisible escrito encima, sentí algo que llevaba mucho sin sentir: que ese rincón de la casa era mío. Pequeño, absurdo si lo cuentas en una frase, pero mío.
Por qué esa mañana importó tanto
He contado muchas veces la escena de la cocina de madrugada, la del móvil y el estómago encogido, porque fue la que me hizo entender el tamaño del problema. Pero esta mañana de domingo, la de la nevera y la lista vieja, fue la que me hizo entender otra cosa distinta: que perderse a una misma no pasa de golpe. Pasa lista tras lista, compra tras compra, elección tras elección, hasta que un día no recuerdas ni tus galletas favoritas.
Nadie se pierde de un día para otro. Se pierde una lista de la compra cada vez.
De ahí nació la idea de acompañar este proceso un día cada vez, con un paso pequeño cada día, algo que se pueda hacer aunque estés agotada, aunque él no haya cambiado en nada, aunque sigas sin saber cómo va a acabar todo esto. Porque si algo aprendí esa mañana con la lista en la mano es que volver a una misma no necesita un plan enorme. Necesita, para empezar, un solo paquete de galletas que sea tuyo. Y después, otro gesto pequeño al día siguiente. Y otro más. Uno cada vez, hasta que la lista de la compra vuelva a tener, aunque sea una sola línea, algo que te guste solo a ti.