Fe

¿Es normal sentirse tan cansada sirviendo en la iglesia?

Llegas el domingo con el bolso de las llaves de la sala de niños, la lista de turnos de la semana que viene y una sonrisa que ya te cuesta sostener antes de aparcar el coche. Saludas a tres personas en la puerta, preguntas por el hijo de una, por la operación de otra, recoges las sillas plegables al final, y cuando por fin te subes al coche para volver a casa se te cae la cara. No has hecho nada raro. Solo has servido, como cada semana. Y aun así estás agotada de una forma que no sabes ni nombrar.

Puede que te hayas preguntado, casi con vergüenza, si esto es normal. Si sentirte así, sirviendo en la casa de Dios, no será una señal de que algo en ti falla.

Sí, es normal. Y es muy común

Vaya por delante: sí, es normal. Y es mucho más común de lo que se habla en voz alta entre semana. Las que sirven sin pausa —la que lleva la cocina en las convivencias, la que visita, la que enseña, la que sostiene el coro, la que escucha a todo el que se le acerca después del culto— son, casi siempre, las mismas personas cada vez. Y esas personas se cansan. No por falta de fe. Por ley de física, casi.

No hace falta que dudes de tu entrega para reconocer que estás agotada. Son dos cosas distintas, aunque durante mucho tiempo te hayan enseñado a juntarlas en una sola: como si estar cansada quisiera decir que no amas lo suficiente, o que no confías lo suficiente, o que tu fe es floja. No es así. Es que llevas mucho tiempo dando desde un sitio que no se ha vuelto a llenar.

El cuerpo no distingue entre esfuerzo por amor y cualquier otro esfuerzo

Aquí va algo que ayuda, aunque suene un poco raro dicho así: tu cuerpo no sabe leer intenciones. No distingue entre el cansancio de coser cortinas para la parroquia y el cansancio de hacer horas extra en un trabajo que no te gusta. Para el cuerpo, esfuerzo es esfuerzo. Si llevas semanas, meses, quizá años, dando de más sin un rato fijo para reponerte, el cuerpo se cansa igual que se cansaría cualquiera. Que sea por amor, que sea sirviendo a Dios y a los hermanos, no cambia esa parte biológica tan sencilla.

Esto no le quita ni una pizca de valor a lo que haces. Al contrario: es precisamente porque lo que haces vale tanto que merece ser sostenido con un cuerpo y un ánimo que también se cuidan. Nadie sirve mejor por estar más vacío. Se sirve mejor, y más tiempo, desde una fuente que se ha vuelto a llenar.

Servir desde lo que rebosa, no desde lo que ya se raspó

Hay una diferencia enorme entre dar desde lo que rebosa y dar desde lo que ya se raspó del fondo del bote. Cuando das desde lo que rebosa, sirves y todavía te queda algo para ti, para tu casa, para la persona que eres cuando nadie te necesita para nada. Cuando das desde lo raspado, cada turno, cada visita, cada favor, te deja un poco más hueca que antes, y ya no hay reserva de la que sacar.

El problema es que ese raspado no se nota de golpe. Se nota poco a poco, en cosas pequeñas: te cuesta más ilusionarte con lo que antes te encantaba hacer, te irritas por tonterías con las personas que más quieres, y al final del día notas un peso en el pecho que no sabes explicar del todo.

  • Vas al culto o a la reunión de servicio y, en vez de ilusión, sientes sobre todo alivio de que se acabe
  • Te cuesta recordar la última vez que recibiste algo, en vez de dar
  • Te sorprendes contando mentalmente cuántas cosas más tienes que hacer, en mitad de una conversación
  • Sientes que decir que no sería casi un pecado, aunque nadie te lo haya dicho así

Si te reconoces en dos o tres de estas señales, no es que falles. Es que llevas tiempo funcionando con el depósito por debajo de la reserva, y el cuerpo, al final, siempre pasa factura.

No es un problema de compromiso, es un problema de fuente vacía

Quiero que te quedes con esto, aunque solo sea una frase de todo lo que has leído hoy: tu cansancio no dice nada malo de tu compromiso. Dice que hace falta volver a llenar la fuente antes de seguir sirviendo desde ella. Y eso, a diferencia de lo que a veces se cree, no tiene nada de egoísta. Es exactamente lo contrario: es lo que te permite seguir sirviendo sin que un día, sin avisar, ya no puedas más.

No hace falta que resuelvas esto hoy mismo, ni que dejes ningún turno de golpe. Solo empieza por darte un rato pequeño, de diez o quince minutos, en el que no sirvas a nadie ni prepares nada para nadie. Solo tú, quieta, recibiendo un poco de lo que durante tanto tiempo solo has repartido. Eso también es fe. Y si notas que el cansancio ya lleva demasiado tiempo instalado, o que se parece más a una tristeza de fondo que no se va, no está de más contarlo a un profesional de la salud mental, además de a Dios: pedir ayuda también es una forma de cuidar lo que Él te ha confiado.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para "la que puede con todo" y está vaciada por dentro, con culpa de descansar y miedo de decir que no.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «Un salmo, una respiración, una línea»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.