Puse dos tazas. Como cada mañana de treinta y un años. La cafetera hacía su ruido de siempre, la luz entraba por la misma ventana, y yo saqué dos tazas del armario y las dejé en la encimera antes de acordarme. Y me quedé ahí de pie, mirando la segunda taza vacía, sin saber qué se hace con eso a las siete de la mañana.
Del funeral me lo explicaron todo. La flor, la hora, quién hablaba, dónde firmar. Nadie me explicó el lunes siguiente. Ni el martes. Ni la tarde en que el silencio de la casa se hizo tan grande que encendí la tele solo por oír una voz que no fuera la mía.
Del funeral me lo explicaron todo. Nadie me explicó los días.
La gente era buena. Lo eran de verdad. Pero venían con la misma frase, como si se la pasaran de mano en mano en la puerta: «ya está en un lugar mejor». Y yo asentía. Sonreía incluso. Por dentro pensaba: y yo estoy en el peor, y aquí no viene nadie a explicarme cómo se cruza.
Aprendí a decir «voy tirando» con una cara que no era la mía. Lo decía en el mercado, en misa, al teléfono con mis hijos, que ya bastante tenían. Guardé el llanto para el coche y para las tres de la madrugada, que eran los dos sitios donde nadie preguntaba.
Y recé. Claro que recé. Pero llegó una noche en que abrí la boca para orar y lo que salió fue rabia. Le pregunté a Dios por qué. Le pregunté dónde estaba cuando hizo falta. Y luego me asusté de mí misma, porque una mujer de fe no le grita a Dios, ¿verdad? Así que sumé, a la pena, la vergüenza de creer que mi fe se estaba resquebrajando justo cuando más la necesitaba.
El fondo no fue una escena grande. Fue un domingo. En la iglesia todos cantaban de resurrección, de vida eterna, de esperanza, y yo estaba de pie mirando el hueco del banco a mi lado, ese medio metro de madera vacía donde siempre estuvo su hombro. Todos cantaban hacia arriba. Yo solo podía mirar hacia el lado. Y pensé: si esto es la fe, yo la he perdido.
El giro tampoco fue un milagro. Fue una mujer mayor de la parroquia, viuda desde hacía años, que se sentó a mi lado a la salida y no me dijo ninguna frase de las de la puerta. Me cogió la mano y me dijo bajito: «llora todo lo que tengas que llorar, hija; en la Biblia hay un libro entero que es puro llanto, y Dios no se marcha de la sala cuando lloramos». Y algo, no sé qué, se destensó un milímetro.
Dios no se marcha de la sala cuando lloramos.
Empecé a escribir. No un diario bonito. Frases sueltas por la noche, a mano, en un cuaderno de rayas que tenía por casa. Un versículo que había oído. Una pregunta sin respuesta. Un «hoy he podido» o un «hoy no he podido». Descubrí que darle a Dios mi enfado por escrito también era rezar. Que el lamento cabía. Que no tenía que llegar a la oración maquillada.
Fue lento. Con recaídas. Había semanas en que ordenaba un cajón suyo y otras en que volvía a poner las dos tazas. Un día conseguía comer sentada a la mesa; al siguiente cenaba de pie mirando por la ventana. Aprendí a no medirme. A no exigirme «superarlo» para una fecha. Un día cada vez, que a veces era una hora cada vez.
No os voy a mentir con un final de cuento. Sigo poniendo, de vez en cuando, la segunda taza. La diferencia es que ya no me hunde: la guardo, respiro, y sigo. Volví a cantar en misa, aunque hay domingos que solo muevo los labios. Aprendí que se puede seguir creyendo y seguir llorando a la vez, y que ninguna de las dos cosas anula a la otra.
Escribí este cuaderno con lo que a mí me habría sostenido aquellos primeros meses, cuando todo el mundo me explicaba el cielo y nadie me explicaba el martes. Lo escribí desde el suelo del valle, no desde un púlpito, para la que hoy está mirando el sitio vacío de al lado y no se atreve a decir en voz alta lo mucho que pesa. Para que, al menos, no tengas que cruzarlo tan sola como lo crucé yo.
