La foto estaba en el mueble del salón, con marco de plata, y yo la miraba cada vez que pasaba. Mi hermana en el centro, con el vestido de la comunión, sonriendo. Yo a un lado, medio cortada, con cara de estar a punto de decir algo inconveniente. Cuarenta años después todavía me sé de memoria esa foto. Yo era la del borde. La que sobraba un poco.
En mi casa yo era la difícil. Lo decían así, como quien dice que llueve. "Es que Montse lo complica todo." Si se rompía algo, había sido yo, aunque no hubiera estado. Si había mal ambiente en una comida, yo lo había traído. Mi hermana podía llegar a las tantas y era "cosas de la edad"; yo llegaba diez minutos tarde y era "otra vez tú, cómo eres".
Aprendí a pedir perdón antes de hablar. A entrar en las habitaciones midiendo el aire. A adelantarme a la bronca disculpándome por cosas que ni había hecho, por si acaso. Lo raro es que no me daba cuenta de que lo hacía. Creía que el mundo funcionaba así y que yo, sencillamente, era la que lo estropeaba.
Lo intenté todo para dejar de ser la oveja negra. Saqué buenas notas para que me miraran distinto: no cambió nada. Me hice pequeña, callada, la que no molesta: entonces era "la rara". Estallé, di un portazo, dije lo que pensaba: y ahí ya lo tenían clarísimo, ¿lo veis?, la difícil de siempre. Hiciera lo que hiciera, el guion ya estaba escrito y el papel era mío.
Hiciera lo que hiciera, el guion ya estaba escrito y el papel era mío.
Y eso me lo llevé de casa como quien se lleva un mueble heredado. A los trabajos, donde me disculpaba por pedir un día libre. A mis parejas, donde daba por hecho que el problema, al final, sería yo. Dormía mal. Le daba vueltas de madrugada a una frase que había dicho, buscándole el filo con el que había ofendido a alguien. Me llené de amigas a las que cuidaba mucho y que a mí me cuidaban poco, porque me parecía justo: yo era la difícil, ¿qué más podía pedir?
El fondo no fue un drama. Fue una comida de domingo, como tantas. Mi madre puso los platos y, al repartir, se saltó el mío. No por maldad. Simplemente su mano contó a los demás y a mí no. Nadie lo notó. Yo cogí mi plato del montón sin decir nada, como llevaba haciendo toda la vida, y me senté. Y por dentro pensé una cosa muy tonta y muy grande: llevo cincuenta años recogiendo mi propio plato del montón. Y creyendo que era lo que me tocaba.
El giro tampoco fue un rayo de luz. Fue una frase, dicha de pasada por una compañera de trabajo con la que me tomaba un café. Le conté no sé qué de mi familia, quitándole hierro, riéndome de mí misma como hacía siempre. Y ella no se rió. Me miró y dijo: "Qué raro, a mí no me pareces nada difícil." Ya está. Eso fue todo. Pero llevaba cincuenta años sin que nadie me devolviera esa imagen, y se me quedó clavada.
"Qué raro, a mí no me pareces nada difícil."
A partir de ahí empecé a mirar el reparto. A preguntarme para qué le servía a mi familia tener una oveja negra: alguien a quien colgarle lo que nadie quería mirar de frente, para que el resto pudiera seguir siendo perfecto. No lo entendí de golpe. Lo fui viendo despacio, un día detrás de otro, poniéndolo por escrito a mano, que es como a mí se me aclaran las cosas.
Empecé a devolver la culpa que me habían colgado, como quien deja un paquete en la puerta de su dueño. "Esto no es mío." Una frase al día. Algunos días me la creía. Otros me temblaba la mano y volvía a recogerlo todo, a pedir perdón por respirar, a ser la de quince años en cuanto me sentaba a esa mesa. Recaía. Vaya si recaía. Pero cada vez tardaba un poco menos en darme cuenta.
Lo más difícil fue aceptar que no iba a haber final de cuento. Mi familia no se sentó un día a pedirme perdón. Siguieron viéndome como me habían visto siempre. Lo que cambió fui yo: dejé de recoger lo que no había roto. Dejé de defenderme ante quien no estaba escuchando. Empecé a escribir mi propio papel, uno que no fuera su veredicto. Y me prometí, sobre todo, no colgarle esa etiqueta a mis hijos: en mi casa no hay ovejas negras.
Escribí este cuaderno para la que todavía recoge su plato del montón sin darse cuenta. Para la que entra en casa de su madre pidiendo perdón por existir. Para la que fue "la difícil" y acabó creyéndoselo. No para convencerte de que cortes con nadie, ni de que odies a los tuyos. Solo para acompañarte, un día cada vez, a devolver una culpa que nunca fue tuya y a escribir, por fin, tu propio guion. Yo estuve donde estás. Y el papel que te colgaron se puede descolgar.
