El primer lunes puse la mesa del desayuno y me sorprendí mirando el reloj de la cocina, calculando cuánto me quedaba antes de salir. No tenía que salir. El bolso estaba preparado en la silla del recibidor, como todos los días desde hacía más de treinta años, y no había ningún sitio adonde llevarlo.
La despedida había sido bonita, no voy a mentir. Aplausos, una tarjeta enorme firmada con rotulador de colores, la tarta que sobró y que me llevé a casa en una caja. Todo el mundo repitiendo la misma palabra: disfruta. Disfruta, Ángela, ahora te toca vivir. Yo asentía. Y por dentro una voz muy bajita preguntaba: ¿vivir qué, exactamente?
Las primeras semanas hice lo que se supone que se hace. Ordené armarios. Quedé para desayunar. Apunté en una libreta cosas que siempre había querido hacer, y me di cuenta de que aquella lista era de la mujer que fui a los cuarenta, no de la de ahora. El día se me hacía larguísimo. Las cuatro de la tarde eran un desierto.
Todos me decían que disfrutara. Nadie me dijo que primero tendría que despedirme de quien fui.
Lo peor no era el tiempo. Era la pregunta. «¿Y tú a qué te dedicas?» En una comida, un señor me la hizo con toda su buena intención y me oí decir «yo ya no soy nada». Así, con esas palabras. Me reí para quitarle hierro. En el baño me miré al espejo y no me hizo ninguna gracia.
El fondo fue un domingo por la noche. Me descubrí planchando una blusa para el lunes. La colgué en el pomo del armario, como siempre, y al verla ahí entendí que estaba planchando para un sitio al que ya no iba. La guardé sin quitarle la percha. Ese gesto tan tonto me dolió más que la despedida entera.
Estaba planchando una blusa para un sitio al que ya no iba.
El giro me lo dio mi hermana, que es de pocas palabras. Me escuchó quejarme y dijo: «Ángela, tú no te has quedado sin vida. Te has quedado sin horario. Son cosas distintas.» Me callé. Llevaba meses confundiendo las dos.
Entendí que lo mío era un duelo, aunque nadie lo llame así porque hay tarta. Había perdido una versión entera de mí —la útil, la que resolvía, la que era alguien al contestar el teléfono— y a los duelos no se les mete prisa. Me dejé estar triste sin pedirme perdón por ello. Fue lo más difícil que hice.
Y después, despacio, empecé a construir el día en vez de padecerlo. Una estructura pequeña y mía: las mañanas con su forma, las tardes con un hueco para probar cosas nuevas sin exigirme que me ilusionaran a la primera. Lo iba escribiendo a mano: qué echaba de menos de verdad (menos cosas de las que creía) y qué me daba curiosidad ahora, a esta edad, con esta libertad que todavía me quedaba grande.
No he vuelto a ser la de antes. Es mejor que eso: estoy conociendo a la de ahora. Y como sé la cara que se le queda a una el primer lunes, con el bolso preparado y ningún sitio adonde ir, escribí este camino de un mes, paso a paso, para la que acaba de cerrar esa puerta y aún no sabe que está a punto de abrir otra.
