La primera vez que me fijé en el reloj marcaba las 3:14. Lo recuerdo porque a partir de esa noche lo miré casi siempre a la misma hora. No me dolía nada. No había sonado nada. Abrí los ojos en la cama, con la casa a oscuras, y ya estaba dentro.
Una factura. Una frase que había dicho por la tarde y que seguro había sonado mal. Algo que tenía que resolver por la mañana y que a esa hora no podía resolver de ninguna manera. Le daba vueltas, y más vueltas, sabiendo que de noche nada se arregla, y aun así mi cabeza no se callaba.
Lo raro es que me dormía bien. Caía como una piedra. El problema empezaba a las tres, cuando volvía en mí de golpe, entero, como si alguien hubiera encendido la luz por dentro. Y ya no había vuelta atrás hasta que clareaba.
Probé de todo. Infusiones que no hacían nada. Contar hacia atrás. Poner un pódcast bajito para tapar mi propia voz. Levantarme a beber agua para "resetear", como decía yo. Dormir en el sofá por si cambiaba algo. No cambiaba nada. A las tres, puntual, la cabeza se encendía otra vez.
El coste no se veía por fuera. Iba a trabajar, sonreía, funcionaba. Pero por dentro estaba raspando el fondo. Me volví irritable con la gente que quiero. Cancelaba planes con un "estoy cansado" que era verdad a medias. Y me acostumbré a levantarme cada mañana con un peso ya puesto en el pecho, como si el día empezara ya perdido.
Me acostumbré a levantarme con el día ya perdido, con un peso ya puesto en el pecho.
La mentira que me contaba era sencilla: mañana dormiré mejor. Solo tengo que aguantar hoy. Y así, un mañana detrás de otro, meses. Empecé a calcular. Miraba el techo, miraba el reloj, restaba las horas que me quedaban antes de que sonara la alarma. Tres y media. Aún cinco horas. Cuatro y diez. Ya solo cuatro. Como si contar sirviera de algo.
El fondo no fue una gran escena. Fue una tostada. Una mañana la dejé demasiado en el tostador, saltó negra, y me quedé mirándola en la encimera con ganas de llorar por una tostada quemada. Ahí entendí que no era la tostada. Era que no me quedaba nada dentro para nada.
El giro tampoco fue un milagro. Fue una frase que leí de madrugada, en el móvil, buscando otra vez cómo dormir. Decía, más o menos, que a las tres de la mañana el cerebro no razona, solo tiene miedo, y que no hay que creerse todo lo que dice a esa hora. Lo leí y algo hizo clic. Mi cabeza no me estaba avisando de un peligro. Me estaba mintiendo. Y yo me lo tragaba entero, cada noche.
A las tres, mi cabeza no me avisaba de nada. Me mentía. Y yo me lo tragaba entero.
Empecé por algo ridículo de tan pequeño. Dejé un cuaderno y un boli en la mesilla. Cuando me despertaba y la lista arrancaba, no me peleaba con ella: la sacaba de la cabeza al papel, a oscuras, con dos palabras torpes. "Factura luz." "Llamar a mi hermano." Y me decía: esto lo miro de día. Ahora no toca. Muchas noches no funcionó. Volvía a las 3:14 igual. Pero de día, con la cabeza despejada, tenía una cita conmigo mismo para ocuparme de esas cosas de verdad.
Fue lento, con recaídas. Semanas buenas y semanas en las que volvía el reloj. Pero fui aprendiendo a hacer el trabajo de día y a dejar la noche en paz. A tener el plan a mano en la mesilla en vez de resolverme la vida a las tres. A pillar el bucle antes de que me arrastrara y hacerle una pregunta simple: ¿esto lo puedo tocar ahora mismo? Si no, no era el momento de pensarlo.
No duermo del tirón siempre, no os voy a engañar. Sigo despertándome a veces. Lo que cambió no es que la cabeza se apague; es que dejé de pelearme con ella a oscuras, que era justo lo que me mantenía despierto. Y hubo un día, además, en que tuve que mirar de frente que aquello, si me pasaba, quizá pedía algo más que un cuaderno. Aprendí también a distinguir eso, y a saber adónde acudir.
Escribí esto de noche, en las mismas horas malas, con lo único que a mí me fue sirviendo para no quedarme solo ahí dentro. Lo escribí para el que ahora mismo está mirando su techo, calculando las horas que le quedan, creyéndose todo lo que su cabeza le cuenta a las tres. Para que sepa que esa hora miente, que él no está roto, y que se puede salir de ahí. Un día cada vez.
